Punto de Vista Reflexión

La democracia a prueba

La democracia a prueba
Juan Ángel López Padilla
Sacerdote
Con el paso del tiempo, me voy convenciendo más y más, que el problema de nuestras naciones no está en el concepto de democracia que se tenga, porque el concepto sigue siendo absolutamente válido y la democracia sigue siendo la mejor forma de gobierno posible, como lo señala la misma Doctrina Social de la Iglesia.

Viene muy bien recordar aquí que la postura bien definida y clara sobre este tema, lo reafirmó la Iglesia por medio del papa Pío XII cuando, al concluir la Segunda Guerra Mundial, expuso que era necesario crear una actitud “nueva, interrogativa, crítica, desconfiada” para que los pueblos estuvieran atentos al devenir de sus gobiernos y evitar abusos que pudiesen desembocar en la guerra, una vez más.
La democracia, para que efectivamente responda a las expectativas de una población debe tener como fin primordial, como sujeto y como fundamento a la persona humana.
Sin embargo, el problema parece estar más bien en el concepto que se tenga de “pueblo” porque, si la democracia es el gobierno del pueblo, está ahí precisamente la gran dificultad, porque no se trata de interrogantes cualesquiera: ¿Qué entienden los partidos políticos? ¿Qué entienden las ideologías? ¿Qué entiende el ciudadano de a pie sobre el concepto pueblo?
Porque si nos remitimos simplemente a los discursos de los candidatos, de aquellos que aspiran a gobernar ya sea un municipio o bien el Estado, o pretenden alcanzar una curul, para no hablar directamente de sus acciones, nos podemos encontrar con una serie de elementos que nos hacen dudar de si, efectivamente, ellos mismos comprenden lo que significa servir al pueblo, lo que significa ser electo, lo que significa ser llamado a ejercer un cargo público.
En dichos discursos se dice tantas veces, por parte de dichos señores y señoras candidatos, que es el pueblo el que los ha elegido, que se deben al pueblo o que buscarán el bienestar del pueblo. Pero, una vez más: “entre el decir y el actuar, está de por medio el mar”.
La democracia realmente sólo puede ser efectiva cuando el pueblo, está formado por ciudadanos plenamente conscientes y activos. La pasividad y la permisividad, es decir el “dejar hacer, dejar pasar” es el mayor enemigo de un régimen democrático y es la raíz de las autocracias, de las dictaduras.
Por principio, la Iglesia no debe nunca más alinearse a ningún partido, a ninguna tendencia. No debe, nunca más, bendecir una idea o una persona por el hecho de que alguna manera le favorecería a ella. La Iglesia no debe aspirar a canonjías ni prebendas, pero si debe exigir el derecho a la libertad de conciencia, de culto, a que se respete la dignidad de la persona humana en todas sus etapas y en todas las circunstancias.