Homilia

Homilía del Domingo 19 de Noviembre de 2017

“Bien, siervo bueno y fiel…; entra en el gozo de tu señor” (Mt. 25, 14-30)
Estas palabras expresan la felicidad profunda y la alegría de aquél/aquella que ha hecho fructificar su vida. La conocida parábola de los “talentos” nos invita a tomar conciencia de la grandeza de la llamada a la vida y de la responsabilidad que esta llamada comporta.

En efecto, con frecuencia nos damos cuenta de que el Padre nos ha confiado un tesoro inestimable y lo dejamos inactivo, sin que dé fruto abundante.
Pero ¿Qué era el talento en tiempos de Jesús? El “talento “en tiempo de Jesús era una especie de lingote de plata, con un peso aproximado de treinta kilos. Era una gran riqueza que equivalía al salario de 16 años de un jornalero. Eso significa el tesoro inmenso que cada uno hemos recibido de Dios.
Desde el inicio de la parábola, en la imagen del “hombre que se va al extranjero”, se nos recuerda nuestra responsabilidad de cultivar estos dones y desplegar todas las posibilidades, pero siempre pensando en el bien de todos y, particularmente hacer crecer el don de la Vida que nos ha ofrecido Jesús, que ha venido para que tengamos Vida.
Los tres casos que presenta esta parábola son significativos… dos de ellos, los siervos, negocian y consiguen uno cinco talentos, otros dos talentos…y ambos son felicitados y recompensados igualmente, no como un premio sino como una participación en la alegría definitiva de Dios: “entra en el gozo de tu señor”. El que haya recibido más o menos talentos no es lo importante, lo que se nos pide es que los pongamos al servicio de todos. En el orden del ser todos somos exactamente iguales. Los dos primeros han hecho todo lo que estaba en sus manos. Por eso los dos reciben una misma felicitación por parte del dueño: “Bien, siervo bueno y fiel…”. Y el premio que reciben es el mismo: “entra en el gozo de tu señor”. El gozo de tu señor es el símbolo del Reino, y es la fiesta de la plenitud de la vida y de la alegría.
En una parábola, cuando hay tres personajes hay que prestar atención al tercero. Por eso aquí se explicita más el tercer siervo. El tercer siervo dice: “tuve miedo”: “Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces, tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra”. El “tercer siervo” conserva y entrega lo recibido sin hacerlo fructificar… El miedo frena, el miedo nos bloquea y nos impide vivir nuestros dones, hace que los enterremos. El evangelio nos avisa que el peor enemigo de nuestra vida es el miedo.
No olvidemos que el tercer siervo de la parábola es descalificado, no porque haya cometido maldad alguna, sino porque se ha limitado a conservar estérilmente lo recibido, impidiendo su crecimiento, a causa del miedo. La clave de esta parábola está en el miedo, que tuvo el empleado asustadizo, el que recibió un solo talento. La imagen que este individuo tenía de su señor era terrible. Una imagen que le daba miedo. Y el miedo fue su perdición.
Porque el miedo, repito, nos paraliza, nos bloquea y nos hace estériles en nuestra vida. Jesús viene a disipar nuestros miedos y nos abre el camino de la confianza, de una confianza renovada cada día, transmitiendo vida en nuestro entorno. Dios no es un tirano que nos atemoriza buscando egoístamente su propio interés, sino un Padre que confía a cada uno el gran regalo de la vida. ¡Cuántas imágenes terribles de Dios paralizan nuestra vida y dificultan nuestro crecimiento!
“Al que tiene se le dará y le sobrará; pero al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene”. Es un refrán popular que recoge una experiencia de la vida (el que tiene mucho puede aumentar sus bienes, el que tiene poco corre el riesgo de quedarse sin nada). Este refrán se aplica a la aceptación o al rechazo de los valores del Reino: Los que acogen con fe los valores del Reino irán descubriendo más profundamente su misterio; los que lo acogen de manera superficial acabarán por abandonarlos. Lo importante es que podamos elegir bien, ahí se juega nuestra vida.
“Allí será el llanto y el rechinar de dientes”. ¿Qué quiere decir esto? Esta expresión que se repite varias veces en el evangelio de Mateo es el resultado de la metáfora de ser “echado a las tinieblas”. Las tinieblas son el sinsentido de nuestra vida. Y “el rechinar de dientes” expresa la rabia al verificar que podemos quedarnos fuera del gozo del Señor. “Llanto y crujir de dientes” expresan también la frustración de la posibilidad de malograr nuestra vida.
Para nosotros, el Evangelio de hoy es una buena oportunidad de volver a redescubrir a Jesús, que no se cansa de amar en cuyo rostro descubrimos el rostro del amor y de la misericordia del Padre. El Dios de Jesús, como dijo el Papa emérito Benedicto XVI “¡No tengan miedo a Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él recibe el ciento por uno. Sí, abran, abran de par en par las puertas a Cristo, y encontrarán la verdadera vida”.
Hoy, vueltos al Señor Resucitado podemos decirle: Tú, Señor, nos invitas a negociar lo mejor de nosotros mismos. Tú sigues esperando que crezcamos en todo lo bueno que hay en cada uno de nosotros. Tú eres nuestro más hermoso talento.