Caminar Punto de Vista

Amor que duele, pero salva

Amor que duele, pero salva
José Nelson Durón V.
Columnista
Afirmemos, con el debido permiso, que hoy es el día del amor, pues las palabras del Señor Jesús son de vida eterna.

Digamos que hoy es la fecha de lo decisivo, definitivo; meditemos en que el Señor Jesús entró en la historia del hombre de puntillas, sin avisarnos, escondido en el asombroso misterio de su Padre Dios, para traer copas rebosantes de Su amor. Vino para redimirnos, enviado por Su Padre, que aguarda desde el quicio desconocido el regreso de sus hijos enamorados del mundo y de las alegrías pequeñas, que los hombres nos inventamos para no aburrirnos o para aprovecharnos de los demás. A cambio, se lo matamos; muerte sin embargo fecunda, como fértil y providente es el amor. El Padre espera, asomado al abismo de la historia, en ascuas el corazón, lleno de esperanza y confianza; aguarda el regreso de sus hijos. Amor que ama a lo infinito, a lo divino, y sufre en el mismo grado. Amar, nos enseña Él, es sufrir; despreciar lo efímero por lo trascendente; respetar equitativamente; desvalorar lo tuyo para valorar al pequeño; justipreciarlo; abrazarlo en las buenas y en las malas, sin importar si huele a importado, a pobre o a sudado; amar a Dios y a todos, como el pobre de Nazaret, que nos amó al extremo. Por ello la cruz de Jesús desconcierta, apasiona, seduce y fascina; es el ícono eterno del amor.
¿Cómo va a dormir el otro, comer, estudiar, cubrirse, sanar, estudiar, trabajar, sobrevivir apenas, si no se lo procuras tú, que puedes? ¿Cómo lo hará? No quieras despreciar lo máximo que te da el Señor desde su cruz, su sacrificio y su pasión, que te lo ofrece cada día en cada Eucaristía: su cuerpo, sangre, alma y divinidad. No quieras pasar por esta vida como el río, risueñamente, saludando cantarinamente con rumbos insospechados, o como el viento, que apenas besa a su paso las mejillas suaves de la amada que se ruboriza, indiferente talvez a lo importante. No. Busca dejar huellas amables de tu paso. No hacer sombra sobre nadie, más bien encender luceros que iluminen los caminos comunes y fuegos donde quemar el egoísmo y la injusticia. Los fundamentos de la fe cristiana, recuerda, son amar a Dios con todas las fuerzas y al prójimo como a nosotros mismos.

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