La concha de nuestro voto

La concha de nuestro voto José Nelson Durón V. Columnista El ostracismo (del griego óstrakon, concha) es, en la Antigua Grecia, el destierro a que se condenaba a los ciudadanos que se consideraban sospechosos o peligrosos para la soberanía popular. Escribían los griegos en el interior de una concha el nombre de la persona que deberían aislar.

“Se cuenta que un analfabeto, tras entregar su óstrakon a Arístides, le pidió que escribiera el nombre de Arístides. Este asombrado le preguntó si Arístides le había causado algún daño. «En absoluto», respondió, «ni conozco a ese hombre, pero me molesta oírle llamar por todas partes el Justo». Después de escucharle, no replicó, escribió su propio nombre y le devolvió el óstrakon.” (Wikipedia). Esta corta historia nos deja dos enseñanzas, por lo menos: la importancia de la democracia y el voto, y la calidad humana y moral de Arístides, fruto de aquella cultura tan especial.
Tenemos que construir nuestra nación, debemos cimentarla en la historia que necesitamos, con base en nuestra tradición democrática y la herencia de nuestros próceres, sin intereses ajenos y con miras al bien común. A esta altura de nuestra historia, cuando ya no nos mencionan solamente por lo malo, además de volver nuestros ojos al prójimo, debemos enseñar a nuestros niños y jóvenes a interiorizar, a mascullar intelectualmente lo aprendido y desde allí, esculpir nuevos valores que nos hagan olvidar la desazón de lo negado y el ostracismo que debimos y debemos aplicar a tantos malos ciudadanos. Nuestras necesidades y carencias más profundas tienen un origen: la maldad en algunos casos y la incapacidad manifiesta, sumadas al desinterés por el bien común y al amor por las poltronas ejecutivas de los despachos ministeriales. A escasos días de las elecciones, nuestra concha u óstrakon es el voto y allí debemos marcar nuestra decisión.
Los grandes pueblos tienen historias milenarias, ricas en cultura, arte, moral y educación, mostrada en sus maneras, costumbres, ciencias, desarrollo intelectual y físico, arropados todos en las enseñanzas de su memoria. Este debería ser el bien común necesario.

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