Cuando un amigo se va

Cuando un amigo se va Juan ÁngelLópez Padilla Sacerdote Estoy tratando de escribir esta columna con la intención de hacer memoria y honrar la memoria de una amiga querida que perdí, o tal vez gané, esta semana.

Lo hago con el sencillo afán de considerar todas las posibilidades que hay detrás de enfrentarnos con una llamada telefónica, de la nada, en la que nos comunican que ha fallecido alguien querido, de manera fortuita. Esas llamadas son de lo peor. He recibido algunas a lo largo de mis años, pero ninguna, lo admito, me ha golpeado tanto como la de esta semana.
Justo para mi cumpleaños me había escrito diciéndome que tuviera cuidado porque un amigo es un tesoro y que andaba escasa de fondos y quería irse de paseo en el feriado morazánico, así que pensaba venderme. Yo le bromeé diciéndole que sospechaba que ni por un riñón mío, alguien estuviese dispuesto a dar un cinco.
Estoy de acuerdo con eso de que para tener amigos hay que serlo. No me reprocho nada de ser amigo de varias personas, al contrario, lo necesito como lo necesita cualquiera. No me interesa si somos amigos de infancia o por el sacerdocio que compartimos o por el trabajo pastoral. Lo importante es serlo.
Descubro, eso sí, el inmenso vacío que produce la ausencia física de alguien en quién hemos confiado, con quién hemos compartido tanto y ahora eso, nos parece que fue muy pero muy poco. De no ser por nuestra fe, sería casi imposible enfrentar estos momentos de dolor. En fe creo que volveremos a encontrarnos y en la fe me cobijo, en la certeza de la Resurrección de Cristo, para poder decir con toda conciencia y libertad que la muerte nunca tendrá la última palabra porque el amor supera las limitaciones de nuestras mezquindades y egoísmos. La muerte es egoísta porque reclama lo que no es suyo. Hemos sido creados para vivir y para disfrutar la vida de otros, disfrutar su compañía y sus virtudes, para acompañarnos mutuamente en la lucha por superar los errores y atrevernos a crecer juntos. Descubro también que, hay relaciones demasiado funcionales, muy reducidas a lo que el otro me aporta y no a lo que el otro es.
Descubro que es difícil enterrar a un ser querido, pero será mucho más difícil creer que se les puede olvidar. Porque el olvido es morir, pero el dominio de la muerte nunca trasciende más allá de aquello que nosotros le permitimos.
Extraño a las personas que he debido enterrar, a mis abuelos, a mis tíos fallecidos, mis hermanos sacerdotes que ya gozan de la presencia de Dios. Extraño a Danilo como ahora extraño a Eva Raquel. Los amigos, son eternos.
Nadie de los que queremos es nuestro, son prestados, así que mejor disfrutamos su presencia hoy, porque mañana es un adverbio de tiempo que nunca se conjuga en el presente.

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