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Un mundo de cabeza

Un mundo de cabeza Juan Ángel López Padilla Sacerdote Hemos asistido, una vez más, a una nueva masacre en los Estados Unidos, específicamente en Las Vegas. Sin duda se trata de un acto de una insensatez inaudita, como lo ha señalado Papa Francisco.


Nadie en el uso de sus facultades mentales y espirituales puede llegar a semejante acto de barbarie porque hacer el mal a un semejante fundamentado en ideologías o seudo religiones, no puede ser catalogado de otra manera que como un desquiciado.
Pero, los desquiciados no sólo están detrás de estos actos deleznables sino también aquellos que pudiendo proceder de manera tal que este tipo de situaciones no se repitiese, no hacen nada o las provocan con su indiferencia.
En Cataluña, se está viviendo otro proceso lamentable que algunos quisieran reducir a un conflicto que tiene sus raíces en rivalidades entre equipos de fútbol. Hay un legítimo y correcto reclamo de aquellos que son miembros de una nación con lengua, historia y cultura propia; pero, nuestro mundo no está construido sólo sobre particularísimos sino que además la mirada debe ser extendida a realidades compartidas, mutuos y complementarios desarrollos. No soy quien para opinar directamente sobre un tema tan delicado, no sólo por no ser catalán o español, pero es lamentable que se acentúen tanto las diferencias entre grupos humanos que se les olvide fácilmente lo que les une y no lo que les divide. La historia reciente de España, sobre todo con la Guerra Civil, abrió heridas que no fueron sanadas porque cuando se siembra odio se cosecha odio refinado.
En nuestras Honduras no existen esos movimientos independentistas o separatistas, aunque los hubo en su momento. A nosotros nos benefició el mestizaje, en este aspecto, pero también, ese mismo mestizaje ha diluido en parte nuestro sentido de pertenencia, nuestra identidad común, nuestro patriotismo. Aunque no haya el deseo de alguna autonomía mayor del poder central de alguna región del país, lo cierto es que hay movimientos, grupos, facciones entre los mismos partidos políticos que son fuerzas centrífugas que permanentemente tienden a generar rupturas, a alimentar odios. No somos ni Cataluña ni Las Vegas, pero en cierta medida estamos en peores condiciones, porque no aprendemos ni queremos cambiar.
Por eso, como Arquidiócesis de Tegucigalpa, hemos optado por dedicar el tiempo de campaña “electorera” a orar, a construir una nación basados en que hacer la patria se logra sin fomentar odios o empecinarnos en insultar al que no piensa como nosotros.
Reclamamos y exigimos el derecho que tenemos, como ciudadanos, a que se nos respete en nuestra dignidad y no nos traten como perros rabiosos a los que hay que echar a pelear. Queremos paz. Necesitamos paz.

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