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Un mes del rosario

Un mes del rosario Juan Ángel López Padilla Sacerdote Octubre, es el mes de las misiones. Es igualmente el mes de Santa Teresa, San Francisco, San Juan Pablo II, Santa Teresita; pero, sobre todo, es el mes del Santo Rosario.

Estoy convencido que esa, es una de las mejores armas que hemos recibido para enfrentar las acechanzas del enemigo y para conseguir la paz. Claro, yo sé que me pueden sacar la tonadita de los Guaraguao, por demás cierta: “no basta rezar, hacen falta muchas cosas para conseguir la paz”. Pero, si lo notan, no es que desestima la oración, sino que añade a esta, acciones concretas y no sólo sentimientos.
En las circunstancias presentes de nuestro mundo, con tanto odio que se siembra por todas partes; cuando vemos, por enésima vez que, las lecciones de la historia se han quedado encerradas en los libros que los políticos y los dirigentes sólo tendrán para adornar las fotos de ocasión, es indispensable que aquellos que queremos trabajar por la paz, empuñemos el arma de la oración.
No la oración como último recurso, ni como si fuera morfina. La oración que compromete, que empuja hacia delante y que obliga a poner la confianza en la presencia cierta de Dios.
Cuando veo tanta gente alarmada, de manera paranoica, por las calamidades que nos abaten por culpa de los embates de la naturaleza y que empiezan a señalar fechas del final de los tiempos o a exigir una conversión basada en el miedo, me doy cuenta que no hemos comprendido el sentido real de la oración. Orar no es un subterfugio ni una excusa, es una necesidad, es algo que brota del corazón agradecido y confiado, del corazón que lucha por hacer mejor las cosas y que, además, sabe que tiene un norte que la brújula del alma, siempre le señala.
Por eso es que recurrir a la oración y de la mano de aquella cuya vida es modelo de una fiel orante, no es una recomendación cualquiera. Nunca es tarde para empezar a orar.
Son muchos los que en estos días han preguntado dada la situación política en Honduras y en los países vecinos, por la respuesta que da la Iglesia. La respuesta es la misma en todas circunstancias: comencemos por orar. No es potestad de la jerarquía la intervención directa en las acciones de orden político de ninguna nación, pero como formadora de conciencias, sí tiene el deber de acompañar las acciones que conduzcan a un mayor respeto y entendimiento entre los habitantes de un país, de una región. Además de llamar al diálogo y al respeto de la ley, sobre todo aquella inscrita en el corazón de cada hombre. Sin embargo, esa respuesta nace de escuchar el corazón de Dios, antes que a nuestros criterios y de ahí que sea urgente agudizar el oído y disponer la propia voluntad para que coincida con la de Dios. En eso, el rosario nos entona.

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