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Los signos de los tiempos

Los signos de los tiempos Juan Ángel López Padilla Sacerdote No creo que haya nadie que no se haya conmovido frente a la dolorosa calamidad que ha sufrido el hermano pueblo mexicano con el terremoto del pasado martes, o frente a los desastres causados por los huracanes que han azotado las Antillas menores y mayores.


No han sido pocas las personas que me han escrito y me han preguntado “¿qué quiere decirnos Dios con todo esto?”.
Son muchos los que al considerar el pasado reciente quieren ver una conexión entre la cadena de huracanes que han surgido en el Atlántico y la seguidilla de movimientos sísmicos en algunas partes del mundo, sobre todo en México. Por otra parte, nunca faltan los alarmistas y los fatalistas que se dedican a enviar por las redes sociales cualquier cantidad de mensajes anunciando nuevos desastres y citando para ello a falsos científicos o citando a la NASA o cualquier universidad prestigiosa del mundo que ni se enteran de semejantes locuras. También, como en el terremoto de Oaxaca y Chiapas, aparecen los fanáticos que se atreven incluso a ver detrás de todo esto un castigo de Dios, simpáticamente, un castigo para la Iglesia Católica. Sinceramente no sé qué Evangelio leen los pastorcitos esos que se dedican a ofender y andar mandando al infierno a todo el que no les quiere pagar diezmos y sostener sus negocios “evangelizadores”.
En fin, será que todo esto que nos está pasando, que seguimos por los medios de comunicación y que nos hace sacar más de una lágrima: ¿es signo de que se nos está acabando el mundo o digámoslo más “hollywoodescamente”: se le está acabando la paciencia a Dios?
En el Concilio Vaticano II, específicamente en la Gaudium et spes, se nos invitó a saber leer “los signos de los tiempos” y aunque no hacía referencia específica a desastres de orden natural, es evidente que la invitación sigue vigente. Que si Dios nos está hablando a través de todo lo que acontece no me queda la menor duda, porque es muy riesgoso desperdiciar tanta oportunidad que nos concede de amar, de volver a Él, de cambiar nuestros estilos de vida, de orar más, de ser más fraternos. No se trata de ver advertencias o anuncios de un fin del mundo próximo porque “el día y la hora nadie lo sabe”, sino de aprender a valorar bien el tiempo presente, a vivirlo con intensidad y conscientes de la responsabilidad que tenemos de cuidar de nuestro mundo y de cultivar el amor de aquellos que nos han sido confiados. La naturaleza nos está dando una voz de alerta y debemos estar muy atentos a cuidar de nuestro medio ambiente, más aún cuando la ecología social está tan desequilibrada que está afectando, como nunca en el pasado, a nuestra casa común. Saber leer los signos de los tiempos es estar dispuestos a cambiar.

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