La dictadura del presente

La dictadura del presente Juan Ángel López Padilla Sacerdote No sé si ustedes, tendrán el mismo sentir que he experimentado desde el miércoles de la semana recién pasada pero, la visita de Papa Francisco a Colombia, me ha dejado tan pensativo y tan tocado que todavía estoy rumiando sus palabras.

Hemos podido disfrutar no sólo de sus gestos, su cercanía y su particular modo de pastorear a la Iglesia del Señor Jesús, que le fue encomendada; sino, también hemos disfrutado de sus mensajes tan llenos de verdad pero, sobre todo, de un desafío cada vez más incisivo a no dejarnos robar ni la esperanza ni la alegría.
En uno de los párrafos de sus palabras a los obispos de Colombia, les dijo que: “No se midan con el metro de aquellos que quisieran que fueran solo una casta de funcionarios plegados a la dictadura del presente. Tengan, en cambio, siempre fija la mirada en la eternidad de Aquél que los ha elegido, prontos a acoger el juicio decisivo de sus labios”. Esa expresión de la “dictadura del presente” es impresionante porque nos obliga a considerar que nuestros planes, nuestros proyectos, no se miden con niveles de efectividad sino de la pasión con que recordamos que, trabajamos buscando en todo dar gloria a Dios y para ganarnos el cielo.
La dictadura del presente nos hace perder la esperanza y aniquila todo intento de superar nuestras divisiones y nuestras diferencias. No podemos seguir bailando al ritmo de aquellos que no entienden que la felicidad no se encuentra en cuanto tenemos o el poder que tenemos, sino en la satisfacción de trabajar por la paz, en la satisfacción de hacer el bien y de no cansarnos de hacerlo.
Esta semana, específicamente el viernes hemos celebrado nuestra fiesta patria y Honduras no puede ser presa de más división y de más odio. Es doloroso que todos los espacios estén copados por aquellos que no ven más allá de su nariz. Sólo les interesa lo temporal, el acumular riquezas o poder. Esos, son esclavos de esa dictadura del presente, cuando no, dictadores de un presente que anula la mirada hacia la eternidad.
Decía igual el Santo Padre en Villavicencio que “una persona buena es signo de esperanza y nosotros podemos ser esa persona”. El cambio de nuestra sociedad comienza con nuestras decisiones de no dejarnos vencer por los que hacen el mal y pensar que, sobre la venganza, sobre el revanchismo, se puede levantar la felicidad. Apostemos por ser personas de bien, personas que se atrevan a ser generadoras de esperanza. El cambio comienza con nosotros. Comienza atreviéndonos cada día a no dejarnos engullir por el afán de poder y tener, sino dedicándonos en el ambiente en que el que estemos, a hacer el bien, a ser buenos esposos, buenos hijos, buenos profesionales, buenos educadores, buenos sacerdotes, buenos y honrados ciudadanos.

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