Homilia

Homilía del Domingo 10 de Septiembre de 2017

“Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas” (Mt. 18,15-20)
Jesús Estas palabras de Jesús están destinadas a la primera comunidad cristiana en la que existen problemas de convivencia: hermanos que quieren ser los primeros, ofensas personales, dificultades de relación… Estas palabras de Jesús son válidas también para los cristianos de todos los tiempos que vivimos esas mismas dificultades en nuestras relaciones.
“Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas”. Jesús está hablando de la vida de comunidad. Y el objetivo es “salvar al hermano”… Algunos códices griegos traducen: “si tu hermano te ofende”… Es la primera vez que se emplea el término “hermano” para designar a los miembros de la comunidad. Lo que nos relata el evangelio de hoy, es seguramente reflejo de una costumbre de la comunidad. Se trata de prácticas que ya se llevaban a cabo en la sinagoga. En este evangelio es muy relevante la preocupación por la vida interna de la comunidad. El evangelio nos advierte que no se parte de una comunidad de perfectos, sino de una comunidad de hermanos, que reconocen sus limitaciones y necesitan el apoyo de los demás para superar sus fallos. Los conflictos pueden surgir en cualquier momento, pero lo importante es estar preparados para superarlos.
Son muchos los factores que constantemente deterioran nuestras relaciones en la familia, entre los compañeros de trabajo, en la pareja, en la vida de comunidad o en los grupos a los que pertenecemos o en la convivencia diaria. La comunicación queda, a veces, bloqueada, sobre todo, cuando nos parece que el otro ha actuado de manera injusta y nos sentimos dolidos. La relación fundamental, la cualidad esencial entre los miembros de una comunidad, tal como ha sido querida por Jesús, es la de vivimos como hermanos/as. Jesús dice: “repréndelo estando los dos a solas”. Necesitamos admitir que no siempre tenemos la lealtad de hablar primero con el propio interesado. Preferimos acudir a críticas inútiles y perjudiciales, a sembrar sospechas, a hacer descalificaciones, en vez de hablar cara a cara con la persona. Jesús nos invita a tomar una postura positiva, orientada a salvar la relación con el hermano. Sin duda, las comunidades concretas no siempre son como quisiéramos. Hay también dificultades personales y de relación… La experiencia nos dice que las relaciones humanas no son fáciles en ningún sector de nuestra vida. Tampoco en la Iglesia ni en la pequeña comunidad a la que pertenecemos. El relato de hoy nos advierte del fallo más letal de nuestro tiempo: la indiferencia.: el otro no existe para mí.
“Si te hace caso, has salvado a tu hermano.” No se trata de corregir al hermano echándole en cara sus defectos. Tampoco demostrarle que no tiene razón sino “salvar al otro”. ¡Cuánto bien nos hace una crítica amistosa! Necesitamos de alguien que nos ame de verdad y que nos cuestione cuando vivimos desorientados en nuestra vida.
En el Evangelio de este domingo, Jesús nos propone, sobre todo, actuar con paciencia y con amor, acercándonos de manera personal y amistosa a quien está actuando de manera equivocada; y a no dejar tampoco nuestra responsabilidad de restablecer la relación.
Jesús ha venido a inaugurar un nuevo tipo de relaciones personales: estas nuevas relaciones son relaciones basadas en la verdad y en el amor: relaciones donde se pueda vivir en libertad y cercanía. Relaciones hechas de amabilidad y comprensión, relaciones de continuo desbloqueo, no quedándonos enganchados en malestares que nos cierran y nos distancian de los demás.
Es imposible cumplir hoy ese encargo de la corrección fraterna porque está pensado para una comunidad, y lo que hoy falta es precisamente esa comunidad. No obstante, lo importante no es la norma concreta, que responde a una práctica de la comunidad, sino el espíritu que la ha inspirado y debe inspirarnos a nosotros la manera de superar los enfrentamientos a la hora de hacer comunidad. La comunidad es la última instancia de nuestras relaciones con Dios y con los demás.
“Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Estas palabras son atribuidas al mismo Jesús y son de una gran importancia para mantener viva la Presencia de Jesús en sus seguidores. Estas palabras nos invitan a mirar la Presencia de Jesús Resucitado en la comunidad. Esta Presencia es la que nos mueve a acercarnos de corazón al hermano distanciado o equivocado. La fe no es una experiencia que se vive individualmente, sino un proceso interior que se alimenta comunitariamente. El verdadero creyente alimenta su fe en el seno de una comunidad, compartiendo su fe y su vida con otros hombres y mujeres que avanzan en el mismo camino de la esperanza revelada en el Dios de Jesús.
Hay que subrayar el “se reúnen en mi nombre”, es decir, atraídos por Él, animados por su Espíritu. Jesús es la razón, la Fuente, el Aliento, la Vida de ese encuentro. Allí se hace presente Jesús, el Resucitado: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con una persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (Deus caritas est).
En el Evangelio de hoy Jesús nos propone un camino nuevo para restablecer nuestras relaciones: “salvar” al hermano, a la hermana, al otro, es decir, buscar la paz y la reconciliación en nuestras relaciones, ¿vivimos el espíritu de bondad y de misericordia que impregna lo esencial del Evangelio?
Que hoy, después de escuchar el Evangelio, que nos invita a la fraternidad, podamos abrirnos a la presencia del Señor en medio de nosotros para tomar conciencia de que somos hijos, hijas, pero que también somos hermanos, hermanas. Pidamos fuerzas para superar nuestras dificultades de relación que nos bloquean y nos incomunican y poner a Jesús en el centro de nuestra vida y de nuestras comunidades.
Podemos volvernos al Señor, presente entre nosotros, para decirle: “Jesús, nuestra paz, en tu Evangelio nos dices: cuando estamos reunidos en tu nombre Tú estás allí en medio de nosotros. Tu presencia es invisible, pero, por medio de tu Espíritu Santo, Tu habitas siempre en nuestros corazones”.