No son estadísticas

No son estadísticas P. Juan Ángel López Padilla Al leer o escuchar las noticias de estas últimas semanas, cargadas de más odio y violencia, debemos redoblar nuestro trabajo en la formación de matrimonios y familias sólidas.


No cabe duda que detrás de muchas de las muertes, de los crímenes que enlutan a la familia hondureña, hay personas, que no pueden ser menos que tildadas de desquiciadas.
Hablemos de algunos casos en particular. El asesinato del sábado pasado de un muchacho mormón a inmediaciones del anillo periférico, en la salida hacia la universidad, es algo que pone a cualquiera con los pelos de punta. Unos minutos después de ese asesinato regresaba de visitar a la parte de mi parroquia que queda más lejos físicamente, pero más cerca espiritualmente, la Casa Zulema. Me tocó darle paso a la ambulancia de los bomberos que fue enviada para atender a ese muchacho, Jonathan Ordóñez se llamaba, si la memoria no me falla. Alcance a ver los paramédicos, y sobre todo, a los miembros de la policía que ya se encontraban en la escena, mover la cabeza en señal de impotencia. Pensé que era un atropellamiento. Un par de horas más tarde cuando ya peregrinábamos hacia Suyapa, para orar por la vida y por la paz, con un buen número de hermanos de los Movimientos Apostólicos presentes en la diócesis, me enteré de que había sido un asesinato. Con la información que fue saliendo poco a poco y sobre todo gracias a la valentía de un testigo que grabó la reacción del desalmado criminal, pudimos comprender la magnitud de la crueldad y ensañamiento de aquel acto. Las reacciones no se hicieron esperar. De nuevo la solicitud de pena de muerte para esos crímenes tan deleznables. Pero, también nos enteramos que aquel asesino había sido liberado en varias ocasiones y era “buscado” por otras fechorías. Con todo respeto, pero por enésima vez, este crimen como tantos otros, tiene una prehistoria que hunde sus raíces en el pésimo proceder de los llamados a impartir justicia en el país. Espero que quiénes hayan estado encargados de condenar a este individuo, se den cuenta que son responsables también, de este crimen. Seguramente dirán que el error es de la policía que no presenta pruebas, de la fiscalía que no sabe manejar los casos o de los jueces que son injustos. ¿Saben qué? Da igual. Esa historia la escuchamos todos los días.
Luego, nos enteramos de la crueldad de una desalmada mujer que trató a su hijastra con procedimientos de tortura dignos de una película de miedo. No voy a describir aquí todo lo que reportó el forense, pero en serio que sólo una persona completamente desquiciada, sin el más mínimo sentido de moral y menos de humanidad, puede enseñarse así con una criatura tan pequeña.
Tenemos que dejar de estar viendo esto como simples estadísticas.
Insisto una vez más, todo esto que ocurre, es responsabilidad nuestra por esa indiferencia en la que nos hemos acostumbrado a vivir. Oraba una de estas noches pensando en que en camino viene un nuevo sobrino, que será mi tocayo y me preguntaba si es esta la Honduras que quiero que conozca. Por Dios que no, pero quiero creer que algo puedo hacer, podemos hacer, para que él y tantos otros niños, encuentren un lugar según el corazón de Dios.

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