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“Las regiones de Tiro y Sidón”

Al encuentro de la palabra... según San Mateo para la Lectio Divina P. Tony Salinas Avery asalinasavery@fundacioncatolica.org “Las regiones de Tiro y Sidón” (Mt 15,21-28) El itinerario que recorre Jesús, hoy le hace encontrarse según el Evangelio de Mateo, con una mujer “cananea”, es decir, de origen indígena de Palestina, antes de la llegada de los hebreos o de origen fenicio. Con este maravilloso encuentro donde se suscita la fe “verdaderamente grande”, Mateo nos introduce al tema tan ampliamente desarrollado en su obra, que es el “universalismo de la salvación”.


Creo pensar que la mayoría de mis lectores, saben lo difícil que era en Israel aceptar al extranjero, muchas páginas bíblicas revelan esa casi hostilidad contra aquellos que no eran los hijos de Israel. Al igual la propia Palabra de Dios, revelará esa paciente y lenta educación pedagógica con la que el propio Dios, llevará a su pueblo a comprender que la elección no es privilegio que remite a la exclusividad, sino una misión por cumplir para ser puerta por la que entren todos los pueblos de la tierra al conocimiento del único y soberano Dios. En efecto, el Siervo del Señor, figura mesiánica celebrada por el libro de Isaías, recibe este encargo de Dios: “Es demasiado poco que tú seas mi Siervo para restaurar las tribus de Jacob y reconducir a los sobrevivientes de Israel. Yo te haré luz de las naciones para que lleves mi salvación hasta los confines de la tierra” (Is 49,6).
El comportamiento de Jesús con la mujer cananea refleja también, inicialmente, los cánones de la tradición judía: Él, en efecto, según el colorido lenguaje oriental, etiqueta a la mujer como un “perro” infiel (“no está bien tomar el pan de los hijos para echarlo a los perros”). Jesús aquí, quede claro, no actúa de manera deshumana ante la súplica de una mujer necesitada, sino que responde de acuerdo a su contexto cultural.
Hay que seguir la narración que al final, el gesto de Jesús evidencia definitivamente que su salvación no tiene límites raciales o espaciales, o puramente culturales, sino que pasa a través de la conciencia de todo hombre, su libertad y su fe. San Pablo por igual recogerá esta enseñanza de Jesús, cuando en su Carta a los gálatas afirmará que en el cristianismo: “no hay ya judío ni griego, no hay ya esclavo ni libre, no hay hombre ni mujer” (3,28). Caerán entonces las barreras, las fronteras puestas por los hombres, y “vendrán de occidente y de oriente para sentarse a la mesa en el Reino de Dios” (Mt 8,11) y la Iglesia será “una multitud inmensa de toda nación, raza, pueblo y lengua” (Ap 7,9).
Hoy en día posiciones humanas como el racismo, la intolerancia respecto a otras culturas y demás formas de discriminación, contradicen el proyecto salvador de Dios, colocando a Tiro y Sidón como le lugar en donde el propio Jesús, ante la cananea llama a la superación de toda forma de maltrato a los semejantes. La liturgia de hoy es pues, un renovado llamado dirigido a la Iglesia para que sea capaz de vencer la tentación de la autodefensa, de la mezquindad, del cómodo encerrarse en un horizonte tranquilo y sereno, hecho sólo de voces conocidas y de amigos. Es un llamado a la acción misionera, al diálogo, al compromiso ecuménico, ahora que estamos próximos a conmemorar en octubre, los 500 años de la Reforma Luterana, para superar cualquier forma de división o exclusión que traiciona las exigencias fundamentales del Reino de Dios y al mensaje evangélico en su pureza.
Preguntas para a Meditación: ¿Existen en su realidad formas religiosas de exclusión? ¿Nos sentimos todos los cristianos llamados a la universalidad de la fe y de qué manera la expresamos?

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