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Sé quién es el Hombre de la Sábana

Sé quién es el Hombre de la Sábana P. Juan Ángel López Padilla No cabe duda que en medio de tanta mala noticia que escuchamos en Honduras, producto de la violencia irracional y de la exacerbada polarización política, nos vienen bien algunos momentos de calma, de madura reflexión.

En pocas palabras, nos viene bien una buena noticia, y la mejor noticia por excelencia es el Evangelio, el anuncio de que Cristo ha muerto y ha resucitado.
Me he debatido interiormente para decidirme a escribir estas líneas porque seguramente nuestro Semanario estará dedicado, en buena parte esta edición, a presentar la exhibición de la réplica exacta de la Síndone, la Sábana Santa.
Yo no quiero añadir elementos de orden histórico a lo que seguramente será publicado en estos días. No porque me falten ganas, sino precisamente porque me sobran. De hecho me he reído bastante cuando algunas de las publicaciones de estos días me señalaban como experto de la sindonología, es decir, en el estudio de la Síndone. Ni soy experto ni me gusta aparecer como tal, porque fuera de ser una falsa percepción también es una exageración considerar que el gusto por todo lo que tiene que ver con la historia lo vuelve a uno experto.
Por eso, quisiera compartir con ustedes algunas apreciaciones de orden más bien personal.
En un mundo en el que la opinión particular se vuelve ley y en el que todo se pone bajo sospecha es imprescindible encontrar puntos de apoyo, referencias que más allá de matizar las cosas nos obliguen a vivir con humildad, nuestras limitaciones.
La fe, nuestra fe, está fundamentada en unos datos que nos fueron transmitidos de manera confiable por personas que sí bien querían llevarnos a la fe, en ningún momento pretendieron imponerla. La fe es una propuesta y cuando se quiere obligar a alguien a creer se le está negando lo más fundamental del acto mismo de creer: la libertad.
Por otra parte, la fe no es un asunto irracional. Esa idea por demás ridícula, que los genios de la Ilustración quisieron vendernos de que la Ciencia y la Religión se contradicen o se autoexcluyen es una falacia que ya va siendo tiempo que dejemos de esgrimirla como excusa de los abusos de los “cientifistas” o de los que creen que, tener fe, es para gente sin oficio y sin cerebro.
En fin, lo que quiero compartirles es que cada vez que leo algo nuevo sobre la Sábana Santa me quedo convencido de que Dios permite este tipo de reliquias para fortalecer nuestra fe, para provocarnos de alguna manera a aumentarla y a dejar de estarnos ocupando en cosas sin sentido.
Nuestra sociedad está tan cargada de violencia, de esas divisiones que nuestros líderes políticos, los malos periodistas y los que sacan su tajada en “río revuelto”, provocan.
Contemplando la Sábana Santa descubrimos que hay mucho más que nuestras miserias y nuestras mezquindades. Descubrimos hasta qué punto se nos ha amado, se nos sigue amando.
El hombre de la Sábana, no es un hombre con minúscula, lo es en mayúscula. Es el Hombre por excelencia, porque no hay nada más humano que amar, que darse por el bien de los demás. Yo sé que el Hombre de la Sábana es mi Señor y en cada una de sus llagas transpira su misericordia y su bondad.

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