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Volvemos a agosto

Volvemos a agosto P. Juan Ángel López Padilla Recién hemos iniciado este mes de agosto en el que año con año, celebramos el Mes del Matrimonio y la Familia. No me canso de insistir en el hecho que, en primer lugar, este mes está consagrado a subrayar los valores del matrimonio.

El matrimonio, es una institución que en los últimos años ha sido tan intensamente combatida por aquellos que quieren hacer de la humanidad una especie de reino del caos y que ignoran lo más elemental de ser, humano. Saben bien los enemigos de los valores humanos y que, en particular se extralimitan al defender a toda costa el valor de la libertad, porque ésta, también tiene sus límites que le vienen impuestos por la dignidad de la persona humana y por la misma naturaleza humana, que al destruir el matrimonio y volverlo una caricatura o un remedo, están provocando una anarquía, en la que todo está perdido, pero eso es justamente lo que quieren: un mundo sin normas, en una especie de Ley de la selva, aunque en la selva, también hay leyes.
Nuestro mundo realmente está muy deteriorado, a todo nivel, pero ceder frente al sentido de la familia y del matrimonio, es una batalla que no nos podemos dar el lujo de perder.
Es sumamente interesante el hecho de que todo aquel que defiende los principios y los valores más propiamente humanos, es tildado de retrógrado, soberbio, homofóbico (si es el caso) o al menos anticuado. Atrévase usted a decir que está a favor de la vida, del matrimonio entre un varón y una mujer, y prepárese para recibir toda clase de insultos e improperios.
La oleada de libertinaje del que estamos siendo testigos, nos está llevando a descuidar lo más elemental de la convivencia humana, el diálogo, el respeto por las opiniones ajenas. Pero, el grandísimo problema es que algunos han llegado, a través de la ideología de género o cualquier otra ideología imperante, a hacernos creer que para que mínimamente se considere nuestra manera de pensar, tenemos que plegarnos sin “derecho a pataleo” a lo que ellos sostienen. ¿Desde cuando es faltarle el respeto a alguien, el simple hecho que me mantengo firme en lo que creo y, sobre todo, puedo argumentar de manera civilizada lo que sostengo? No puedo ir en contra de mi conciencia y mucho menos en contra de lo que la naturaleza misma me exige. No se trata de si soy creyente o no. Mi fe, tiene un sustento humanizador y jamás, ha hecho otra cosa más que promover los valores humanos. Es decir, por mucho que yo quisiera hacer o quisiera ser, distinto de aquello para lo que estoy provisto, por mi naturaleza tanto de ser humano como de varón, estaría no únicamente entorpeciendo el plan del creador, sino dejando de ser yo mismo.
Es urgente que dediquemos tiempo a impulsar los valores que constituyen una familia, pero no con pantomimas ni con ridículos reduccionismos. Si en una familia, en un matrimonio, se promueve el diálogo, el perdón, la ternura, el cuidado de los más pequeños y débiles, el apoyo mutuo, la fidelidad y otros tantos valores que no es necesario enumerar, salvaremos nuestra sociedad y a nosotros mismos. Nunca es poco, lo que se puede hacer en favor del matrimonio y la familia.

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