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“Partió los panes y se los dio…”

Al encuentro de la palabra... según San Mateo para la Lectio Divina P. Tony Salinas Avery asalinasavery@fundacioncatolica.org “Partió los panes y se los dio…” (Mt 14, 13-21 – XVIII Domingo del tiempo Ordinario) Un Evangelio como el de este domingo está situado para pasar del pan de la Palabra que como semilla se nos ha dado en los domingo pasados, al pan hecho en realidad alimento, físico y espiritual.

En efecto, nos encontramos en el domingo que narra la multiplicación de los panes ofrecida por Mateo, ya que tal milagro se encuentra dos en Mateo y Marcos, una respectivamente en Lucas y Juan. En el trasfondo de la narración concreta del pan ofrecido para saciar el hambre de la multitud hambrienta se perfila con delicadas pinceladas de artista, las alusiones al maná del Éxodo, al banquete mesiánico y a la misma celebración eucarística. El gesto de Jesús ante los panes está descrito teniendo presente el evangelista, la secuencia de los hechos de la cena pascual: “Tomó Jesús pan y lo bendijo, lo partió y dándoselo a sus discípulos…” (Mt 26,26). Los mismo verbos están igual ahora aquí en este maravilloso texto. ¿Qué pasa entonces por la mente del evangelista al contar este hecho en la vida de Jesús y sus discípulos? Pues, con seguridad para Mateo aquella mesa improvisada del desierto, se convierte en la anticipación de la mesa eucarística. En ella el cuerpo de Cristo como alimento y su sangre como bebida son el signo supremo de la comunión con la humanidad hambrienta y sedienta de todos los tiempos. Desde el desierto somos inadvertidamente llevados al Cenáculo.
En la escena de hoy, aunque toda la multitud está en el descampado no se trata de alimentarse de la propia naturaleza así no más, comer trigo tomado de las espigas; se trata del pan ya elaborado, fruto del trabajo y de las relaciones: ¡es cultura! Todo se ha de tomar y vivir como un don, recibido y trabajado. Aquél que más tarde se hará pan partido para la humanidad nueva, aquí se hace oferente del pan, pero para darlo pronuncia la bendición, cada migaja de pan es para Él un don del Padre, un signo de su amor. El que bendice al bien-da, reconoce en cada gota la fuente, en cada rayo al sol, en cada fragmento el todo.
Y, en el texto aparece hermosamente manifestado que Jesús partiendo los panes se los dio… Por cuanto, toma y reparte bendiciendo, Jesús actúa como el Hijo, en cuanto parte y da los hermanos al igual como lo hace el Padre. Él se hace parte de la bendición de los panes, Él es el pan ya bendecido, que sólo más tarde, se partirá para todos. El deseo de dar de comer a los hambrientos, le viene de ese acto de elevar los ojos al cielo, para indicar que de su actitud de estar totalmente vuelto hacia el Padre, le viene su amor por el prójimo, porque Él se ve también mirado por los ojos del Padre que están a su vez vueltos a Él.
Se los dio a los discípulos y los discípulos a la gente. El mismo pan, que es único, pasa de las manos del Hijo a las de los discípulos, y de éstas a la gente, hasta llegar a las manos de todos los hermanos que de este modo se vuelven hijos. El don hace circular el pan de una mano a otra: se retoma el flujo de la vida.
Deberíamos hoy retomar con el alimento recibido de Jesús, el maravilloso Salmo 23 en su versículo 5a que dice: “Preparas ante mí una mesa”. El buen Pastor eso hace por sus ovejas. Sólo este pan compartido es bendición y saciedad.

Preguntas para la meditación: ¿Tengo hambre de Cristo palabra y eucaristía?
¿Qué me dice la reflexión anterior a mi vida?

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