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Una nueva evangelización

Una nueva evangelización Diac. Carlos E. Echeverría Coto carloseduardiacono@gmail.com La evangelización ha sido siempre misión permanente de la Iglesia, por mandato del mismo Señor Jesús “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado” (Mt 28, 19-20a).

Los apóstoles y sus inmediatos sucesores partieron haciendo el anuncio fundamental (“kerygma”): que Jesús había venido como Salvador, padeció y murió por los pecadores y resucitó al tercer día.
Con el transcurso de los años, la evangelización se fue formalizando y, aunque no había una única manera de llevarla a cabo en toda la cristiandad, adoptó contenidos y estrategias similares por región, o por el particular carisma de ciertas órdenes religiosas.
En los primeros cinco siglos, pese a haber nacido en Asia y haberse extendido al norte de África, el cristianismo avanza por el continente europeo, en territorio del imperio romano. En los siguientes quinientos años sigue su expansión hacia el norte de Europa, en tanto que en África y Asia gran parte del territorio evangelizado pasa rápidamente a manos del Islam. Al llegar los siglos XV y XVI Europa lleva el cristianismo primero a América y luego al extremo oriente y a Oceanía.
Pero la evangelización de descubridores y conquistadores fue muy exigua, pues gracias a la fuerza y a la política se divulgó una fe no suficientemente comprendida entre las poblaciones autóctonas, pese al celo evangelizador de los misioneros, pequeños en número para tan gigantesca tarea. En nuestro continente, al bautizarse el cacique, se procedía a bautizar a todo su pueblo: un continente de bautizados con muy poca instrucción religiosa. Las decisiones del Concilio de Trento habrían de llegar, sí, pero con bastante retraso y con aplicaciones a veces parciales.
La independencia obligó a nuestras repúblicas a buscar su propia identidad, también en el terreno de lo eclesial, aunque conservando una preciosa cercanía con los países vecinos que se mantiene hasta hoy. La piedad popular y el papel de los padres cristianos, más que procesos catequéticos debidamente organizados, transmitieron y conservaron la fe. El avance de ideas ateas, del laicismo, del materialismo y de los librepensadores, objeto de preocupación para muchos obispos latinoamericanos, así como su celo apostólico, les llevó a fundar el CELAM en la Conferencia de Río (1955). A partir de aquí, se darán estrategias pastorales comunes y decisiones colegiales.
En los años sesenta del siglo veinte, el Concilio Vaticano II se reunió persiguiendo cuatro objetivos fundamentales: “acrecentar de día en día entre los fieles la vida cristiana; adaptar mejor a las necesidades de nuestro tiempo las instituciones que están sujetas a cambio; promover todo aquello que pueda contribuir a la unión de cuantos creen en Jesucristo y fortalecer lo que sirve para invitar a todos los hombres al seno de la Iglesia” (Sacrosantum Concilium, 1). En cumplimiento de estos objetivos, van a darse lineamientos para nuevas formas de evangelización, particularmente notables en algunos documentos como Lumen Gentium (sobre la Iglesia), Gaudium et Spes (sobre la Iglesia en el mundo Actual), Ad Gentes (sobre la actividad misionera) y Apostolicam Actuositatem (sobre el apostolado de los laicos).
Consciente de la enorme trascendencia de lo definido por el Concilio, y después de haber escuchado a los obispos en un Sínodo dedicado a la Evangelización, el papa Pablo VI publicó la Exhortación Apostólica Evangelii Nuntiandi (1975), que sentaría las bases de una Nueva Evangelización.

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