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La alma mater

La alma mater Jóse Nelsón Durón V. Alma mater es una locución proveniente del latín que se usa para designar, usualmente y en forma metafórica, a la universidad; su traducción literal sería madre nutricia, fuente del conocimiento universal y adulto que hace crecer al hombre.

Originalmente era empleada en la antigua Roma para referirse a la diosa Ceres, la diosa madre, y luego, para referirse a la Virgen María. Sin embargo, su uso actual proviene del lema de la universidad de Bolonia, primera fundada en occidente: “alma mater studiorum”; en español: “madre nutricia de los estudios”. El uso correcto es en femenino, por lo que debe decirse la alma mater; no en masculino. Para nuestro propósito, debe enfatizarse que el término quiere elevar al máximo posible la consideración debida a la institución que cimienta el pensamiento y la inteligencia del mundo, actualizándolo y abriéndolo a las infinitas posibilidades del universo y del espíritu humano, universal y celestial. Es una locución llena de amor, respeto, cariño y orgullo.
Valga entonces esta pequeña introducción para tratar de inducir en los lectores un sentimiento de orgullo semejante al experimentado al pisar el campus universitario y contemplar arrobados sus aulas y salir anhelantes de aquellas puertas que día a día fueron entornándose en el alma joven, abierta a la aventura del intelecto y la sapiencia; a la vida futura cincelada con cada esfuerzo enamorado del pensamiento, la ciencia y la técnica. Imagínense ahora, estimados lectores, la profunda y lastimosa situación en que ha sido sumergida la UNAH, Alma Mater de muchos que desecharon su ignorancia en sus aulas y echaron a volar sus espíritus de conquista del mundo, realidad ansiosa de acoger a sus mejores hijos. Los campos de batalla del intelecto han sido convertidos en trincheras de intolerancia, terquedad, política de la más barata y cuna de intereses mezquinos que desdicen los altos propósitos de la patria, otra madre ávida de educar sus hijos más deseosos de aventurarse en la epopeya de la vida.
El interés de la patria es regar la semilla del conocimiento, fertilizar los campos vírgenes de sus hijos con la ciencia gratuita que destila de sus aulas, con mayor o menor fuerza o profundidad, pero que anima, encandila y enamora. Y el mejor interés, mejor decir el único deber, de sus estudiantes, es el de recoger e hincar la semilla en la tierra fértil de sus inteligencias. Es ése, precisamente, el único derecho y el más noble que mi patria pudo darme, después, por supuesto, de servir de cuna para venir a la vida: sacarme de las tinieblas de la ignorancia; promesa y deber que fue cumpliendo desde mi más tierna infancia. Fuimos enviados a las aulas a estudiar, no a politiquear y mucho menos a actuar de encapuchados enemigos del saber, del progreso y del crecer. La vida es crecimiento, es dinamismo y estamos invitados generosamente a ganar estatura y elevarnos sobre necesidades y carencias. La Universidad debe cumplir con su propósito, sus estudiantes deben aprovechar el don que reciben y los Rectores, Decanos y Profesores, mal llamadas “autoridades”, cumplir con el alto deber de regir, conducir y alimentar las inteligencias hambrientas de conocimientos. No tiene sentido el inmiscuirse la política vernácula en la Alma Mater, ni la manipulación maliciosa a que nos tienen acostumbrados.
¿De dónde salió esta cizaña? ¿No fue buena semilla la sembrada? Algunos malos alumnos, o que solo pasaron a la carrera, o jamás entendieron los más nobles propósitos del estudio, hunden sus manos en el devenir de la Universidad y quienes sustentan, publicitan y alumbran propósitos semejantes, flaco servicio le hacen a la patria. Ya es necesario extirpar el cáncer que devora la juventud universitaria y poner los puntos donde deben ponerse, para que los innegables progresos que se han logrado sirvan en la noble tarea de cultivar y fertilizar los vírgenes campos de nuestra juventud, para hacer posible el anhelado despegue de la patria hacia el desarrollo y hacia el logro del bien común, principio y meta de la política, del conocimiento y de las más nobles actividades del ser humano. Nos dice el Señor: “«Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga»”.

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