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Todavía tenemos tiempo

Todavía tenemos tiempo San Pablo confiesa a los corintios en su segunda carta (11,1ss) que siente celos como los de Dios; así sentiría hoy temor de que sus hijos se pierdan por la escucha de abundantes interpretaciones ligeras y fundamentalistas, compartidas quizás con buenas intenciones, pero que confunden y desvían… y aquí radica el problema cuando se trata del secuestro de espíritus, inteligencias, moralidades y conciencias.

Releer mis escritos significa más que un asombro y hasta cierta recriminación interior; pero no arrepentimiento. No. No puede haberse conocido la verdad, prestos a defenderla con la vida, para luego deshacer la conciencia con complicidades a favor de delincuentes perdonados por la amnesia general, lobos disfrazados de ovejas o corruptos sin rostro. No es posible, repito, que en nuestro noble país se juegue tanto con aseveraciones entintadas, solamente porque “todo el mundo tiene derecho a expresarse”, aunque lo esparcido sea calumnia, mentira o acusaciones infundadas. “No tengo nada contra… pero…” ¡y zas, la puñalada! Hago huelga de hambre diurna y aprovecho la prensa ávida de noticias para destilar discursos aprendidos en largas sesiones de adoctrinamiento. ¿Y las clases? No importa, hombre, ya los políticos negociarán esto.
Las malas noticias son repetidas unas tres o cuatro veces cada día por cada uno de los cientos de medios de prensa escrita, hablada o televisada. Y repetida por miles de personas, con el comentario consiguiente, en una cascada de noticias que solo nos deja depresión, incapacidad de hacer algo y ansiedad reprimida, cuyas consecuencias no pueden ser sanas y constructivas para la sociedad que estamos llamados a diseñar y construir. El sábado y domingo todavía vienen los resúmenes y los programas ideados para unir en un solo mazazo la percepción desgraciada que se quiso crear; pero eso sí, con ánimos alegres, mientras se dibujan caricaturas o se comentan irresponsablemente eventos deportivos. Pareciera obra del enemigo que se sirve de muchos, mientras las pandillas, la delincuencia, políticos, funcionarios corruptos, personas pagadas y otro tipo de interesados realizan su trabajo al amparo de las sombras permitidas por la despreocupación, el interés, la connivencia o la ambición.
Estamos llamados a introducir en la percepción negativa de cada día palabras de esperanza, para sustituir la impaciencia, la exasperación y el despecho que deja el continuo resalte de lo negativo y de lo malo, sin pretender que nos convirtamos en avestruces escondiendo las cabezas a la realidad y abandonando ese gustillo pernicioso de hacer el mal sin importar las consecuencias, que tarde o temprano rebotan contra nosotros mismos porque somos parte de la misma sociedad. El aligeramiento de la moral individual y colectiva comenzó sutilmente y el primer aviso fue despojarse Eva y Adán de sus vestidos después del pecado. Sin embargo, hace muchos años ya, prevalecía el pudor y la cordura en el hablar, el conducirse, vestirse y, en general, relacionarse, con la familia y los demás; sabiamente conducida la sociedad por hábitos morales y espirituales que la Iglesia iba desgranando desde los púlpitos y otros actos litúrgicos. Por desgracia, el desgaste moral causado por el relajamiento fue bajando las orillas de las faldas, vulgarizando el lenguaje, las letras de las canciones, películas y todo lo demás.
Dice san Pablo: “La creación, en efecto, fue sometida a la vanidad, no espontáneamente, sino por aquel que la sometió, en la esperanza de ser liberada de la servidumbre de la corrupción, para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios.” Ciertamente que el ser humano desespera en momentos difíciles; gime, llora, sufre, cuando parece todo perdido, porque sabe, por contraste con la realidad que todavía no ve pero intuye, que el sentido de la vida que ha malgastado se recuperará por la redención que ha dejado de buscar. La cuestión del sufrimiento se relaciona fuertemente con la cuestión sobre Dios. Sufrimos porque sentimos perder. Solo apretamos los dedos y cerramos el grifo cuando pensamos en la sequía. Pero el Señor Jesús nos dice con dulzura: «Pero, dichosos ustedes, porque sus ojos ven y sus oídos oyen», como diciéndonos: todavía están a tiempo.

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