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“La semilla cayó…”

Al encuentro de la palabra... según San Mateo para la Lectio Divina “La semilla cayó…” (Mt 13,1-23 – XV Domingo del Tiempo Ordinario) P. Tony Salinas Avery asalinasavery@fundacioncatolica.org Estando Jesús sobre la barca en el lago de Galilea o Genezaret, usándola como un púlpito, pronuncia a viva voz el maravilloso discurso en parábolas que hoy iniciamos a leer y que como ya hemos señalado anteriormente es el tercero de los cinco grande discursos en que este Evangelio desarrolla toda su doctrina espiritual y teológica. Con las parábolas Jesús gusta de partir su enseñanza con signos concretos de la vida llevándolos a ulteriores y altísimos significados.


Hoy nos propone el simbolismo agrícola clásico: el de la semilla y el sembrador. Refiere a la arcaica manera de sembrar con la que el campesino palestino, a manos llenas tiraba la semilla sobre los terrenos raramente fértiles. Sólo después pasaba por donde era posible el arado que hacía penetrar la semilla en la tierra. Las situaciones precarias del clima, de los terrenos llenos de piedra o de vegetación con zarzas impedían el desarrollo pleno de la semilla. Sin dudar que habían terrenos fértiles aunque no eran en gran cantidad, producían mucho fruto.
Ante el ingreso al mundo de la “Divina Semilla” aparecen las realidades de los terrenos, apuntando que la falta de fecundidad que al final es el tema central del mensaje, no se debe a la semilla ya que ésta es de buena calidad por excelencia, tampoco es la culpa del sembrador, pero sí de los suelos. El aparente fracaso de la gran mayoría de las semillas lanzadas debido a las grandes extensiones de terreno árido y estéril, no puede hacernos suponer que todo está perdido; porque por otro lado, está la sorprendente abundancia del fruto que brota de la minoría de las semillas y de las áreas fértiles.
La Palabra de Dios, que es esa semilla bajada del cielo y fecundada en nuestra historia, es como lo señala el profeta Isaías en la primera lectura “Lluvia que baja del cielo y no regresa allí sin haber irrigado la tierra, sin haberla fecundado y hecha germinar para que dé la semilla al sembrador y pan para comer” (55,10-11). Ella se encuentra sin lugar a duda con la indiferencia, la hostilidad y el rechazo; pero no por eso se desanima o se detiene en su proceso. Al contrario: ¿No es fuerte como el fuego y dispuesta a romper hasta las rocas como un martillo, según la célebre imagen de profeta Jeremías? (23,29). En efecto, ella siempre produce el éxito final.
Esa buena tierra, no son más que los pobres y sencillos, los pequeños y pecadores arrepentidos que acogen con agrado y decisión la “Buena Semilla”, permitiéndoles en su vida una auténtica conversión que es el fruto al que lleva la Palabra de Dios.
La parábola es por tanto un llamado a la confianza y a la esperanza que todos debemos tener ante la “Nueva Evangelización”, ella es una fuerza oculta bajo el manto pobre y débil de los obreros de esta nueva hora de la misión de la Iglesia, que ante su aparente fracaso no deben detenerse o perder el ánimo. La parábola dirigida a los evangelizadores, es decir, a toda la Iglesia, es además la invitación a ser terrenos fértiles y fructuosos para la Palabra de Dios que han recibido. Isaías también como si escribiera para el hoy de la historia ha sabido decir: “Ese tronco será semilla santa” (6,13). ¡Jesús, Palabra de Dios encarnada, hará por su santidad siempre fecundo el trabajo del sembrador!
Preguntas para la meditación: ¿Vivo y me alimento de la Palabra de Dios? ¿Qué tipo de terreno soy ante la semilla divina?

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