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Descreídos y alejados

Descreídos y alejados Diac. Carlos E. Echeverría Coto carloseduardiacono@gmail.com La semana pasada hablaba de cómo Europa ha venido olvidándose de los valores cristianos que ayudaron –y en mucho- a formarla como vanguardia del espíritu humano. Esto no significa que por acá andemos muy bien.

Cambios debe de haber siempre. Pero no es lo mismo un cambio formal, del estilo o manera de hacer las cosas, que un cambio radical donde se toca el fondo del asunto.
Quedan entre nosotros algunos que añoran la forma en que se predicaba desde un púlpito, o cómo se celebraba la fiesta de San Francisco, o las muchas procesiones que tenían lugar en el pueblo. Pero no habría motivo de preocupación si la esencia religiosa del pueblo se mantiene. De hecho hay nuevas formas de piedad. Las peregrinaciones anuales de los jóvenes, la alborada a la Virgen de Suyapa, la bendición anticipada de las Palmas para los jóvenes, son nuevas prácticas que indican que se mantiene la fe. No deberíamos preocuparnos mucho si únicamente se trata de formas nuevas de expresar la fe.
Pero debemos preocuparnos, y sobre todo ocuparnos, cuando constatamos que muchos se alejan de las prácticas religiosas y acaban como gente descreída, para quienes la existencia, presencia o providencia de Dios les tiene sin cuidado. Algunas parroquias expresan que hay menor asistencia Me parece que en la mayoría de los casos no se trata de un convencimiento intelectual, de una decisión consciente luego de una larga reflexión. Veo en esta ausencia de prácticas religiosas, en esta no vivencia de fe, dejadez y pereza, por una parte, mientras que, por otra, encontramos otras ocupaciones o bien otros valores que tienen su prioridad. Como quiera que sea, la práctica religiosa es sustituida por la práctica de no hacer nada o simplemente por otras prácticas.
Y la fe es como el amor, si no se cultiva, muere. Así, el alejamiento da lugar al descreimiento. Conviene pues reflexionar en las causas del alejamiento. A mi juicio hay tres causas fundamentales: la primeria es una especie de frenesí: hay más que hacer, más entretenimiento, más diversión, se vive más rápido y se pretende llenar la vida de cosas y de momentos, olvidando el preocuparse del sentido de la vida, de lo que realmente cuenta, de los fundamentos mismos de la existencia.
La segunda es la pérdida del papel de padres y maestros, ante sustitutos reales o ficticios. Se ha entregado parte su papel tutelar en la formación de niños y jóvenes a la virtualidad, donde se encuentra mucho más información que nunca, pero ausencia de guía acerca de lo que vale más, vale menos, o no vale.
La tercera está en el pensamiento postmoderno, que ha universalizado el relativismo y un nuevo escepticismo, que no permiten establecer verdades sólidas en ningún campo, sea éste científico, moral, religioso o cultural. Con ello se trivializa el saber, el valorar y el creer. Todo parece tener igual importancia, con lo que ideas y cultos exóticos perfectamente pueden remplazar las anteriores seguridades, incluyendo la de la fe religiosa.
Cuánta razón han tenido los papas posteriores al Concilio Vaticano II, al insistir en una nueva evangelización. Para el Papa Francisco se trata de “un servicio entendido por él en tres puntos: primacía del testimonio, urgencia en el ir al encuentro, proyecto pastoral centrado en lo esencial.” Seguiremos hablado de la nueva evangelización que nos apremia.

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