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Saber construir la Iglesia

Saber construir la Iglesia P. Juan Ángel López Padilla Revisando mi calendario de este mes, me encuentro con que tengo, en el futuro cercano, una gran cantidad de reuniones de pastoral tanto nacional, diocesana y parroquial.

Creo que no hay ningún día de este mes, a partir de este domingo, en que no tenga algún compromiso de esta índole. No se trata de que los otros meses sean diferentes, sino de una apreciación y una revisión a manera de autocrítica, que me pareció oportuno compartirles.
En la Iglesia, debemos tener mucho cuidado con eso de la “reunionitis aguda”, porque si nos descuidamos podemos pasar muchísimo tiempo sentados discutiendo y organizando cosas, lo cual, no es que esté mal porque uno de los grandes errores que cometemos, muchas veces, es que no planificamos las cosas y, mucho menos, las evaluamos.
Las reuniones de pastoral muchas veces son vistas como una imposición, como algo que estamos obligados a hacer, pero de hecho, debemos aprender a verlas como una oportunidad para crecer en la fraternidad, en el sentido de la solidaridad, en el sentido de ser Iglesia. Una reunión, cuando nace del sincero deseo de construir lazos y facilitar la distribución de las responsabilidades de una comunidad nacida del costado de Cristo, es decir, nacidas de su amor y su entrega. Muy probablemente, no siempre las vemos así por lo tediosas que se pueden volver, sobre todo cuando muchas veces creemos que sabemos lo que se está tratando y hasta creemos tener la solución a los problemas ahí planteados.
Como pastores de almas debemos ser capaces de respetar los ritmos de aquellos a quienes acompañamos y saber guiar sin imponer. Ser sacerdotes o bien ser coordinadores de algún grupo, estar al frente de alguna comunidad, no nos exime de seguir los tiempos, de respetar procesos o seguir instrucciones. Al contrario, debemos ser los primeros en dedicar nuestro mayor esfuerzo, por lograr que lo que se acuerda, se lleve a cabo.
Esto, no puede tener su origen en la simple personalidad de cada uno porque, evidentemente, cuando se reúnen personas que son líderes, es natural que afloren los propios intereses y criterios y eso, puede provocar más de algún encontronazo y como dice aquel refrán de la India: “cuando pelean los elefantes, sufre la tierra”. Tampoco es cierto que nuestra manera de actuar deba corresponder a una falsa humildad en la que creamos que es correcto no disentir, cuando está en juego alcanzar algo mejor. Tampoco es malo discutir, aunque hay que saber hacerlo. Argumentar hoy en día parece ser el arte de los gritos y los resentimientos, cuando saber exponer y proponer debería ser lo propio de todo aquel que se sabe responsable de la comunidad a la que sirve.
La Iglesia no puede ser una institución que se guíe por la simple intuición o por apasionamientos, más o menos, inspirados. Además, cuando nos acercamos con respeto a cada persona que tiene a su cargo la responsabilidad de conducirnos, de ayudarnos a coordinar nuestros trabajos, ya sea porque se trata de responsabilidades compartidas o porque la organización de la Iglesia misma nos recuerda que es jerárquica, aprendemos que aquello que confesamos en el credo tiene que ver también con nuestra vida práctica y concreta. Si reducimos la “apostolicidad” de la Iglesia a una simple nominación a la hora de rezar los domingos.

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