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Reglas de conducta

Reglas de conducta Jóse Nelsón Durón V. Dicen las Kardashian: “Que hablen de ti, aunque sea mal”. Aparecer, a como dé lugar. No importa cómo. Ésa parece ser la norma del mundo; sobresalir, ser parte de la comidilla; poner el nombre en la cartelera impresa, visual o lingual; en los memes o en los chismes; al fin y al cabo esa publicidad no se paga y la masa no lo toma en cuenta a la hora de valorar o juzgar; al contrario, pareciera que se premia el desparpajo, la desvergüenza y el desenfado; la amnesia de las gentes de a pie es no sólo general, sino permanente.

Algunos le han ganado la partida a los medios y a la educación, a la cultura, modestia y honradez. Mantienen sus nombres en la boca de las otras gentes pese a sus burradas y listezas sin pagar un céntimo; dejan la caja fuerte que guarda sus millones bien guardada y sacan sutil provecho de la nimiedad y de la avidez de los seguidores de noticias (explotadores y oidores) que nunca se empachan.
Los niños comienzan a sufrir desde su concepción, al iniciar sus primeros minutos de vida en carestía de vitaminas y fortalezas por la pobreza de sus padres y de sus madres, que deben partirse el alma para ganarse un mendrugo de pan. ¡Ah, no! me contesta mi conciencia, sufren también otros niños; por empacho de mariscos, caviar, vinos, vermuts, coñac y champagne; y hasta olorosos humos de finos tabacos, marihuana o rescoldos de cocaína, suministrada desde que estaban en el vientre, por el sufrimiento y la ansiedad de sus ricos y deprimidos padres. Sucede aquí y en la Cochinchina; es más, es una costumbre importada, sin pagar impuestos, tirada desde un avión que vino del sur en la sombra de la noche o de las creadas por el “alto mando” político o militar, que ordenó ser sordos al zumbido de motores de avionetas. Los culpables somos todos, como en la corrupción; peca el corruptor, el corrupto, el testigo callado y hasta el abogado, obligado defensor de la escoria porque el mundo y la universidad le han enseñado, por “justicia”, que nadie es culpable mientras no se le demuestra lo contrario. Peco yo, con esta actitud de intransigencia contra el mal. Pero es que quiero la verdad, quiero vivir en serenidad, quiero poder contemplar a Dios en su inmensa creación, quiero poder escribir que tengo paz, que mi país es un remanso intocado de tolerancia y de comprensión, quiero decir que es posible que ya no estén de moda la mentira y la violencia, el odio y la venganza.
El mundo entero debería estar de rodillas, aunque sea por preocupación. Zacarías, uno de los doce profetas llamados “menores” (por la brevedad, no por valor inferior de sus profecías), preocupado por la restauración de la nación judía, anuncia el inicio de la era mesiánica en la segunda parte de su libro y hoy nos pide alegrarnos y dar gritos de júbilo porque “tu rey que viene a ti, justo y victorioso, humilde y montado en un burrito” hará desaparecer de la tierra los carros de guerra y de Jerusalén, los caballos de combate. San Pablo insiste “Por lo tanto, hermanos, no estamos sujetos al desorden egoísta del hombre, para hacer de ese desorden nuestra regla de conducta. Pues si ustedes viven de ese modo, ciertamente serán destruidos. Por el contrario, si con la ayuda del Espíritu destruyen sus malas acciones, entonces vivirán.” Dejemos, pues, este modo, “estilo” o regla de conducta; este espíritu de agresión, violencia y de respuesta impensada; de acarreo a jóvenes al error; de despreocupación paterna por los hijos, que después se convierte en dolor y lágrimas. Si eres, ansías o siquiera piensas que algún día serás padre o madre ¿cómo siquiera te atreves a pensar en golpear, insultar o ¡matar! a alguien. Si amas la vida, si la disfrutas… si sufres pero no quieres morir, ¿cómo te atreves a quitarle la vida a tu hermano, hijo de Dios como tú?
Nuestras reglas de conducta deben ser congruentes con la fe que profesamos; san Pablo escribe a los romanos: “Quien no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Cristo.” Demos pensamiento a lo que significa esto: paciencia, comprensión, humildad, suavidad del corazón, bondad, tolerancia, respeto a la dignidad ajena, búsqueda del bien común, desapego de lo temporal, educación, moralidad, honestidad… y todo lo que se opone es precisamente nuestra cruz, que quiere llevarnos a la perdición.

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