Buenas Nuevas

“Mi yugo, en efecto, es dulce…”

Al encuentro de la palabra… según San Mateo para la Lectio Divina
P. Tony Salinas Avery
asalinasavery@fundacioncatolica.org
“Mi yugo, en efecto, es dulce…”
(Mt 11, 25-30 – XIV Domingo del Tiempo Ordinario)
Con el Evangelio de hoy, comprendemos por el tema literario, que el texto parece ser más bien una “joya” del evangelio joánico, entretejido en el texto de Mateo. Se trata pues de un himno, que comienza bendiciendo a Dios.

El estilo solemne, la fuerza de las palabras y su riqueza teológica se acerca más a la oración sacerdotal del capítulo 17 de Juan.
Para comprender este texto, hay que ver los versículos precedentes y los siguientes. En lo versículos anteriores, Jesús sufre la indiferencia por parte de las prósperas ciudades de junto al Lago de Tiberíades: Corozaín, Betsaida y Cafarnaún. Y, en los versículos siguientes, el rechazo al Maestro es por parte de las altas clases intelectuales, del sacerdocio y de la aristocracia hebrea. Razones más que suficientes para declarar que Dios ha rechazado a éstos que el rechazan a Él y ha elegido a los pobres, a los sencillos y marginados, que han abierto de par en par las puertas de su corazón a su mensaje. Está sería la razón de este himno. Su estructura se basa en tres estrofas. La primera se enmarca en una “bendición”, que brota del agradecimiento a Dios por su elección. La segunda estrofa se orienta hacia la figura de Cristo tal y como los perciben los pobres. Todo se apoya en el verbo “conocer”, un verbo que para la Biblia y la mentalidad semita, indica una plenitud de intimidad y amor. ¿Quién “conoce” a Dios?, si no el Hijo, es decir, Jesús. Es Él el único que puede poseer por “conocer” a Dios, todo lo que Dios es. Y la tercera estrofa, que prolonga la oración de Jesús, es un llamado a que todos los cargados y agobiados descansen en Él. La imagen del “yugo” que Jesús usa, se usaba en la tradición judía para indicar la Ley y sus exigencias, impuestas por el Señor a Israel. Jesús lo propone no cómo peso e imposición, sino más bien como algo “dulce” y “suave”, aunque no le quite sus exigencias.
El hoy de ese texto para nosotros, no invita a comprender que los verdaderos discípulos de Jesús, son los que se abandonan a Dios, descartando los cálculos matemáticos de sus propios intereses humanos, cargados de un empobrecedor egoísmo, que maltrata y destruye toda forma de felicidad y descanso del alma. Esta es la pobreza evangélica: El despojo total de las ansias incontroladas de querer tener y querer ser más que los demás, en la lucha continúa por esos anhelos desmedidos que gastan y cargan pesadamente la propia conciencia y malogra hasta los más bellos sueños de amor y de entrega. No por nada, el Maestro ha dicho: “Aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas”. El acento hay que ponerlo en que la mansedumbre y la humildad radican no en la apariencia del querer ser y tener del Hijo de Dios, sino en el lugar mismo de todas sus decisiones: el Corazón. El acento hay que ponerlo en la palabra “descanso”, porque en verdad quien decide desde el corazón, teniendo un corazón aquilatado por la mansedumbre y la humidad, solo puede vivir de la paz que le da descanso verdadero. Y de esto Jesús es el modelo y el principio de toda sabiduría para buscar la verdadera felicidad y la verdadera paz, al llevar su “yugo” que es en efecto “dulce”, es más podríamos decir: “dulcísimo”, sin empalagar.

Preguntas para meditar: ¿He descubierto esta joya de enseñanza en Jesús para mi vida? ¿Cuáles son mis yugos que no son los de Jesús?

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