Homilia

Homilía del Domingo 9 de Julio de 2017

Homilía del Señor Arzobispo para el XIV Domingo del Tiempo Ordinario
“Venid a mí los que estáis agobiados, y yo os aliviaré” (Mt. 11,25,30
Hay días en que la Palabra de Dios nos ofrece una luz amable y un bálsamo para nuestra vida a veces ajetreada y complicada. Hoy las lecturas nos invitan a alegrarnos en Dios, con sencillez de corazón, a confiar en él, porque es “clemente y misericordioso”, “cariñoso con todas sus creaturas”.

Y porque Jesús, nuestro Maestro, es “manso y humilde de corazón” y nos ofrece alivio y descanso.
A la vez, Pablo nos urge a que los cristianos, fieles a la vida nueva que recibimos en el Bautismo, seamos consecuentes con ella, dejándonos guiar por el Espíritu de Dios, y no por los criterios de este mundo.
Leemos pocas veces a lo largo del año al profeta Zacarías, aunque se le cita muchas veces en el evangelio. La página de hoy probablemente pertenece al que podríamos llamar “segundo Zacarías”, y es un pasaje lleno de alegría y entusiasmo, que prepara lo que escucharemos en el evangelio sobre cómo el yugo del Mesías, de Cristo Jesús, es suave y llevadero. Zacarías invita al pueblo de Israel a alegrarse, a cantar a su Dios, que nos envía a un rey victorioso, pero humilde, que nos librará de toda esclavitud y guerra. Describe a ese rey cabalgando en un asno, que es como los evangelios describen la entrada de Jesús en Jerusalén el domingo de Ramos: montado sobre un asno.
Por eso también el Salmo Responsorial expresa sentimientos de paz y alabanza: “día tras día te bendeciré”, y hace un “retrato” de Dios como “clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad… bueno con todos…”.
Durante varios domingos leeremos este importante capítulo 8 de la carta a los Romanos, que se podría titular “la vida del cristiano en el Espíritu”. Vivir guiados por el Espíritu de Jesús nos lleva a un estilo de vida conforme al Evangelio. “Vivir según la carne”, o sea, según los criterios meramente humanos, nos aleja de ese estilo de vida que Cristo Jesús quiere de nosotros. Se trata de dos dinamismos que actúan en cada uno de nosotros y tiran de nosotros hacia estilos de actuación muy diferentes. Pablo constata en sí mismo esta doble “ley”, exclama: “¿quién me librará?” y se da confiadamente la respuesta: “¡la gracia de Dios!”. Mateo no sólo nos dice aquí que Jesús rezaba, sino que nos transmite el contenido de esa oración. Esta vez se trata de un himno de alabanza, de bendición a Dios Padre, a quien llama “Padre” y “Señor de cielos y tierra”.
El motivo de esta bendición es que Dios ha “escondido” los misterios del Reino a los que se creen sabios, y los ha “revelado” a los sencillos de corazón. Jesús considera como un éxito que los entendidos de su época no le acepten, mientras que la gente sencilla, sí le sigue. También habla de sí mismo, de su profunda relación con Dios Padre. Es un resumen de “cristología”. Además invita a todos a seguirle, por cansados y agobiados que estén, porque en él encontrarán paz y descanso: él es “manso y humilde de corazón”. Pero, sobre todo, cuando se nos dice cómo es Dios es cuando al mismo Jesús se le ve a lo largo del evangelio perdonando, curando, animando a todos.
Jesús aparece en verdad como “manso y humilde de corazón”, comprensivo, tolerante, acogedor, que acepta a las personas como son, aunque les invite a dar pasos adelante, que sintoniza con los que sufren, que nunca pasa al lado de uno que le necesita sin detenerse y dedicarle su tiempo, que parece que tiene predilección por los despreciados por la sociedad de su tiempo. Decir que Jesús es “manso y humilde” no significa tampoco que todo le es igual. El no sólo anuncia perdón y salvación: también se indigna a veces y eleva la voz denunciando las injusticias y lo que sabe que va contra el bien del pueblo, y sabe coger el látigo y expulsar a los mercaderes del Templo.
Después de bendecir a Dios porque revela los misterios más profundos a la gente sencilla, Jesús hace una invitación que después de dos mil años resuena todavía con una fuerza inmensa de esperanza: “venid a mí los que estáis fatigados y agobiados, y yo os aliviaré… cargad con mi yugo y encontraréis vuestro descanso”.
Parece una paradoja el que Jesús nos invite a cargar con su “yugo”, una metáfora que puede recordarnos esclavitud y total dependencia. Jesús se quejó una vez de que los doctores de la ley, en Israel, cargaban fardos pesados en los hombros de los creyentes. Él, no. Nos dice que si cargamos con ese yugo él nos aliviará y nos dará descanso. Porque él es “manso y humilde de corazón”. EL “yugo” y la “cruz” que él nos invita a llevar son llevaderos, no por nuestras fuerzas, sino con su ayuda: “venid a mí y yo os aliviaré… encontraréis vuestro descanso”. Jesús es un maestro y un pastor “manso y humilde de corazón”: no nos va a exigir más allá de nuestras fuerzas. “Encontraréis vuestro descanso”. Lo que nos dice (amar a Dios y amar al prójimo) no es en sí nada fácil. Pero con su ejemplo y su ayuda, es llevadero y factible. “Mi yugo es llevadero y mi carga, ligera”. Como el Cireneo le ayudó a él a llevar la cruz, él, Jesús, nos ayudará a nosotros a llevarla y a vencer al mal en nuestras vidas. Nos viene bien escuchar hoy estas palabras de Jesús, que nos aseguran su cercanía y nos hablan del amor de Dios, porque la vida nos agobia con su ritmo y va gastando nuestra capacidad de esperanza, y a veces hasta nos hace dudar del amor de Dios.
Es bueno que aceptemos también otra lección del evangelio de hoy: la invitación a ser sencillos de corazón, porque así sabremos captar mejor la presencia de Dios en nuestra vida y seremos más felices. Jesús se alegra de que la gente sencilla de su pueblo, que no son tan rebuscados en sus motivaciones ni tan esclavos de sus prejuicios, saben captar los misterios del Reino. Los que entienden a Jesús son los que no son autosuficientes, los que no están llenos de sí mismos. Los que se creen sabios dejan escapar las cosas más importantes, porque creen saberlo todo y se fían de sí mismos. No se trata de desautorizar a los doctos y a los profesores. También los que tienen cultura humana y religiosa pueden ser “sencillos de corazón”, porque no se enorgullecen de su sabiduría, y no se fían tanto de su erudición sino que saben que la sabiduría y la salvación auténticas vienen de Dios. ¿Somos nosotros sencillos de corazón? ¿Sabemos admirar y agradecer las obras de Dios? ¿O somos tan retorcidos y llenos de nosotros mismos que no sabemos escuchar a Dios ni creemos necesitar su salvación? Si fuéramos un poco más sencillos, no amantes de grandezas, si tuviéramos “ojos de niño” y un corazón más humilde, tendríamos mayor armonía interior, una paz más serena en nuestras relaciones con los demás, una sabiduría más profunda y una fe más estimulante y activa. Seríamos mucho más felices.