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El colapso de Europa

El colapso de Europa Diac. Carlos E. Echeverría Coto carloseduardiacono@gmail.com Excelentísimo Señor, Ketil Karlsen Embajador de la Comunidad Europea Ante el pueblo y gobierno de Honduras No tengo el honor de conocerle personalmente. Pero he sido informado de que, además de diplomático, es usted “un Señor”, en la mejor acepción de las letras castellanas.

Por eso le escribo, pue se me ocurre que tiene la formación intelectual, la estatura moral y la sensibilidad para entender que, más que la opinión de un académico, esta carta abierta es la expresión del dolor de un ciudadano del mundo.
Europa ha decidido renunciar a lo que ha sido durante los últimos 15 siglos: la vanguardia de la civilización y la cultura. Las tres principales raíces de Europa hay que buscarlas en el siglo VIII a.C., con la fundación de Roma; en el siglo V a. C. en la Atenas de Pericles, y en siglo I d. C., con Jesús de Nazareth y el nacimiento del cristianismo. Además de letras, filosofía y tecnología, de suyo importantes, Europa se forja una identidad propia gracias a la organización y el derecho romano, la racionalidad ática y la democracia ateniense, la dignificación del ser humano y los valores fundamentales de la convivencia social que aporta el cristianismo, así como la fe profunda en un Dios cercano que predica amor y perdón.
Esta triple herencia, greco-romana-cristiana hicieron de Europa la vanguardia del espíritu humano, cuyo influjo bienhechor llegó finalmente al mundo entero. Porque Europa supo aprovechar estas raíces para construir verdaderos monumentos del espíritu humano, en filosofía, bellas artes, legislación, ciencias políticas, administración, ciencias naturales, humanismo, tecnología y solidaridad humana.
Pero Europa ha decidido negarse a sí misma, contradecirse, llegar incluso al absurdo. En nombre de los derechos humanos una corte europea falla en contra del derecho fundamental a la vida al niño Charlie Gard y en contra del derecho de sus padres a decidir sobre su tratamiento. Una Europa que defiende los derechos de los animales y aboga por las especies en vía de extinción, pero que trata la vida humana como un asunto de segunda clase.
Duele también ver cómo la argumentación racional ha cedido terreno a la irracionalidad contenida en la proclama postmodernista del desfondamiento de la racionalidad y que, tanto la teoría como la moral, son corroídas por el cáncer de un burdo relativismo.
Y al negar sus raíces cristianas, quienes piensan diferente (derecho tienen a ello), defienden la libertad de cultos y no permiten (en buena hora) que se conculquen los derechos y libertades de musulmanes –ya sean éstos de origen árabe o europeo- pero no dudan en atacar impunemente una monjas en Francia, en las narices mismas de la policía, violentar templos católicos o proponer incendiar la sede de la Conferencia Episcopal, en España.
¿A dónde fueron a parar las buenas maneras, el respeto a las personas, los derechos fundamentales, la racionalidad, la civilidad? La sinrazón, que ya tenía carta de ciudadanía entre algunos políticos, gana las calles y amenaza las academias. Duele, en efecto, Sr. Embajador, que Europa pierda su papel protagónico en el desarrollo humano.

Carlos E. Echeverría,
Diácono y Profesor Universitario

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