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María: La Mujer y Madre que peregrina junto a sus hijos

María: La Mujer y Madre que peregrina junto a sus hijos Orlin Reyes Mendoza Carrasco I año de Teología, Diócesis de Choluteca omendozacarrasco@gmail.com Medios de Comunicación OMP-A Sin duda alguna que la Virgen María, es uno de los iconos de fe; no sólo de los católicos sino de otros hermanos que profesan una fe distinta a la nuestra.

Desde que Dios la eligió para ser la Madre de su Hijo, se convirtió en la morada que está siempre disponible para acoger con alegría a la humanidad; sin realizar ningún tipo de excepción.
En la Sagrada Escritura encontramos pasajes maravillosos que hacen referencia a la “Servidora del Señor”. Poéticamente se le describe en el Apocalipsis de la siguiente manera: Apareció en el cielo una señal grandiosa: una mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza (Ap. 12,1). No se puede negar ni debe pasar por desapercibido la importancia que tiene la “Llena de Gracia” en el Plan salvífico de Dios.
La ternura, la entrega y el amor del Omnipotente, están plasmados en cada palabra y acción de la mujer que ha inspirado a muchos de edades diversas a tallar imágenes, a escribir poemas o a componer canciones; y con ello, agradecerle por su respuesta generosa al aceptar ser la Madre del Salvador del género humano.
Es la madre que aun en medio del dolor acompaña a su Hijo hasta la cruz (Jn 19, 25). Es consciente que su compromiso traspasa las fronteras del hogar. Y que su papel de madre, tiene que desempeñarlo no sólo en lo dulce y sereno del día; sino también, en lo amargo y tempestuoso de la oscuridad. Es la madre que cuidó a Jesús, que ahora cuida con afecto y dolor materno este mundo herido. Así como lloró con el corazón traspasado la muerte de Jesús, ahora se compadece del sufrimiento de los pobres crucificados y de las criaturas de este mundo arrasadas por el poder humano. Ella vive con Jesús completamente transfigurada, y todas las criaturas cantan su belleza (LS 241). Ella, se llena de angustia cuando sus hijos por algún motivo o razón insignificante, se convierten en enemigos y rompen con la armonía y el respeto que deben existir ante y entre los seres humanos; olvidando que por encima de todas las posiciones sociales, culturales y religiosas habidas y por haber, debe predominar el amor, la unidad y la dignidad que cada uno posee desde el momento en que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios.
El Creador desde antaño, la eligió para enseñarle al mundo que ella era la idónea; porque en su corazón sólo había lugar para amar. De ese amor que ningún obstáculo por más grande y fuerte que sea, puede doblegar. Su entrega, su humildad y su perseverancia no dejan que haya espacio alguno para la desobediencia. Dentro de sus asignaturas no aparece la del pecado; ya que siempre contó con la fuerza del Padre, la protección de su Hijo y la gracia del Espíritu Santo. Por lo tanto, “la Iglesia en la Santísima Virgen llegó ya a la perfección, sin mancha ni arruga” (CIC 829). Su estilo de vida se ha convertido para la raza humana en el paradigma perfecto para buscar y alcanzar con creces la santidad.
Aun con lo antes mencionado, no se pueden agotar todas las instancias para seguir plasmando el cúmulo de valores y virtudes que se encuentran en María. Porque ella también, es la peregrina que camina con su Hijo, para ser testigo ocular del primer milagro que él realiza (Jn 2, 1ss). En ningún momento le abandonó. Estuvo siempre presente en las alegrías y en las tristezas que de una u otra forma experimentó su amado Hijo. Y así como acompañó a Jesús desde los primeros pasos de su vida, custodia y conduce a cada uno de sus hijos; sobre todo, a los que hoy como ayer, le respetan y le obedecen.
En medio de todo lo que implica un compromiso de tan sublime magnitud, ella no olvida sus raíces; aquellas que le identifican con su tierra y por ende, con su familia. Esto lleva indiscutiblemente a hacer memoria de que al visitar a su prima Isabel, se convierte en la primera discípula-misionera de su propio Hijo (Lc 1, 39). Ella comprende muy bien que lo más importante se comparte primero con la familia. Esos detalles que motivan profundamente su misión. A María no le importa cuánto es el tiempo y el camino que tiene que recorrer para iniciar su tarea evangelizadora. En su corazón y en su alma sólo hay un objetivo: cumplir a cabalidad con la tarea que Dios le ha encomendado. En otras palabras, su compromiso es que múltiples proyectos de vida, se realicen plenamente en y desde Jesucristo. Ella impulsa la misión de la Iglesia. Aquella frase “hagan lo que Él les diga”, hoy más que nunca anima y fortalece el trabajo de los que de una u otra forma, y en distintos ambientes anuncian la Buena Nueva de salvación.
Con todo lo antes expuesto se puede afirmar que: “En el tesoro del corazón de María están también todos los acontecimientos de cada una de nuestras familias, que ella conserva cuidadosamente”. Es la peregrina incansable; que está presente en cada país y en cada hogar a través de las distintas advocaciones para cuidar a sus hijos; y llevar hasta su Hijo las plegarias que ellos elevan con esperanza y alegría. Ella “nos une porque nos ayuda a encontrarnos con Cristo, el Padre y el Espíritu Santo, como asimismo y con los hermanos” (DA 267). Por lo tanto, se puede asegurar que si bien es cierto la Virgen María no es Dios, pero nos lleva hasta Él. No hace milagros pero los alcanza. No nos redimió, pero su sí nos trajo la redención. Y…no nos salva, pero nos dio al Salvador.

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