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Prevenir la drogadicción

Prevenir la drogadicción Manuel Cerrato mcerrato@unicah.edu El veintiséis de junio se celebró el Día Internacional de la Lucha Contra el Uso Indebido y el tráfico Ilícito de Drogas. Para conmemorar este día la Santa Sede nos ha recordado que “la droga se ha convertido en un producto de consumo hecho compatible con la vida cotidiana, con la actividad lúdica e incluso con la búsqueda del bienestar”.

La droga más consumida es la marihuana sobre la que existe un encendido debate a nivel internacional, que tiende a trasladar el juicio ético sobre la sustancia, de por sí negativo como para todas las drogas, a los posibles usos terapéuticos.
Los que más utilizan esta droga es la población joven, se han dado muchos debates sobre los efectos de la marihuana, cuyos defensores la proclaman menos dañina que otras sustancias, incluyendo el alcohol y el tabaco. Existe consenso, por razones obvias, sobre el peligro del consumo de cualquiera de esas drogas por jóvenes aún distantes de la mayoría de edad y carentes de la formación necesaria para adoptar decisiones de tanta envergadura.
Profesionales de la medicina, señalan la inmadurez del cerebro adolecente, cuyo lóbulo frontal está todavía en desarrollo. Ahí se ubica la función del juicio, necesaria para discriminar a plenitud entre el bien y el mal y medir las consecuencias de los actos.
Hay un debate sobre el carácter de la marihuana como droga de iniciación, un aspecto de antesala al consumo de sustancias más peligrosas, más allá de los efectos de la droga, es fácil identificar los motivos por los cuales ese papel precursor no puede ser descartado. La marihuana es ilegal y se mueve en los mismos círculos donde se hallan las otras drogas. No es difícil imaginar que la complicidad con el vendedor y la violación de un primer tabú pueden hacer del adolecente una persona propensa a experimentar con otras sustancias, indiscutiblemente peligrosas.
El mensaje del Vaticano también señala que “el campo educativo es fundamental, sobre todo en el tiempo vulnerable de la adolescencia, cuando se alternan momentos intensos de descubrimiento y curiosidad, pero también de depresión, apatía y comportamientos que ponen simbólicamente o realmente en peligro la vida”. Es aquí donde debe estar pendiente el amor de las personas mayores que tienen que entregarse a realizar un gran cuidado de sentido común hacia los jóvenes que necesitan una buena orientación, sobre todo lo que se ha transmitido de generación a generación, buenas costumbres y valores morales y espirituales.
Los expertos coinciden en la vulnerabilidad de todos los jóvenes, pero identifican como particularmente riesgosa la situación de los sometidos a determinadas circunstancias, como la falta de apoyo hogareño, baja autoestima, dificultad para el estudio, falta de un proyecto de vida o de intereses artísticos y deportivos, así como baja tolerancia a la frustración. Si la realidad es así de alarmante en la población adolescente inserta en el sistema educativo, será mucho peor entre los jóvenes ausentes de las aulas y expuestos por razones obvias, a riesgos mayores. En su caso, ni siquiera es posible pensar en las barreras construidas por el conocimiento dispensado en las instituciones educativas.
Cuando se trata de jóvenes escolarizados, la detección de esos factores puede ser hecha por el maestro, pero aun así, la eficacia de la reacción del educador se verá limitada en ausencia de la familia, cuya función es insustituible. Es allí donde se debe cavar la primera trinchera de la detección de los factores de riesgo y, desde luego, del uso de drogas. Los programas del Ministerio de Educación y de la policía son invaluables. Es preciso fortalecerlos, pero, sin la familia, habrá demasiadas batallas perdidas, en los colegios es preciso que se formen las asociaciones de padres de familia para que junto a los maestros puedan de alguna manera coordinar una autentica vigilancia en el hogar y en el centro de enseñanza.
Recordemos que los consumidores de droga son a menudo descritos como anormales responsables de cualquier tipo de problema social, la escalada de los índices de criminalidad, hasta la corrupción de menores. Sopesados estos antecedentes, no es nada sorprendente que los consumidores de droga sean a menudo objeto de violaciones extremas de los derechos humanos.

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