Buenas Nuevas

“Os aseguro que no perderá su recompensa”

Al encuentro de la palabra… según San Mateo para la Lectio Divina
P. Tony Salinas Avery
asalinasavery@fundacioncatolica.org
“Os aseguro que no perderá su recompensa”
Mt 10,40-42 XIII Domingo del Tiempo Ordinario
El Evangelio de Mateo de hoy nos recuerda la hospitalidad brindada a tres categorías de personas que encierran en sí el otro rostro de Dios.

Son los profetas, los justos y los pequeños, tres términos que para el evangelista son otra manera de decir: los discípulos de Cristo. La hospitalidad judía advertía como adagio, que “el que acoge al discípulo es como si hospedara al maestro”. La hospitalidad no exigía ver primero bajo investigación exhaustiva a quien era que se le debía atender, se obraba por puro principio de ayuda, de amor al prójimo, sin esperar recompensa al final.
El aroma judío de esta cultura se deja venir hasta nosotros en este maravilloso texto que hemos escuchado como Evangelio de este domingo. Hay recompensa divina, señala Jesús, sin olvido alguno, incluso para el que de el simple vaso con agua, que para un palestino sediento sería lo mínimo para ofrecerle. Pero igual sucedía durante las fiestas, las puertas de las casas en esos días debían de estar medio abiertas, por si llegaba el propio Mesías a pedir la hospitalidad, tal vez desfigurado y empobrecido por el largo camino recorrido.
Pues bien, estamos en el centro del capítulo 10 de Mateo, llamado el “discurso misionero” de Jesús, dominado por el verbo “acoger”, “recibir”. Se trata de tener los sentimientos mismos de un Dios que tiene entrañas, ante el extranjero y forastero. Es la actitud que narra el final del Salmo 23 que respeta todas las leyes de la hospitalidad israelita: perfumar la cabeza a los invitados, ofrecer la copa rebosante de la amistad, preparar una mesa y ponerse a servir (cf. Lc 12,37). Hospitalidad de la mujer y su marido que invita a comer a Eliseo en la primera lectura de hoy, que nos es también de referencia (2Re 4,8-9.16).
La Biblia presenta la grandeza de la hospitalidad en todas sus etapas y detalles. Se trata de tener la delicadeza que nace del corazón para ofrecer lo mejor de nosotros, a quien en hora y lugar le venga a bien. Es una hospitalidad que evocando el ejemplo de Dios mismo, no queda sin recompensa, es decir, sin dejar una huella y un signo: para la pareja de Sunén será el don tan esperado de un hijo.
En la plenitud de la Revelación que encontramos en el Evangelio, la hospitalidad se ofrece por estar destinada al propio Cristo, a quien el Padre ha enviado a nosotros. Y, que según Mateo 25 nadie sabe reconocer, porque todo lo que ofrecieron lo hicieron, sin pensar que era a Él a quien se lo ofrecían. Detrás de cada fisionomía ha estado la del propio Señor, que seguirá siempre estando allí, oculto en quien padece o necesita. La hospitalidad en cualquiera de sus formas, enseña el Evangelio, es camino de salvación al final de la vida. Por eso “practicando la hospitalidad, algunos han acogido ángeles sin saberlo” nos dice Hebreos 13,2.
Parecería que hemos escogido tan maravillosos textos a propósito, ante el clima de migración continúa que embate al mundo. Llamado apremiante que hace el Papa Francisco a no mirar hacia otro lado, ante el problema humano y la crisis existencial que viven muchas familias, que esperan también hoy, la práctica de la hospitalidad, sabiendo que la hacemos al mismo Cristo, quien a su vez nos asegura: “No perderán su recompensa”.
Pregunta para la meditación: ¿Cómo puedo practicar la hospitalidad en nuestros días?
¿Estoy listo para ejercitar en nombre de Cristo la hospitalidad cristiana?