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La paz del abandono en Dios

La paz del abandono en Dios Jóse Nelsón Durón V. La paz, ese maravilloso don de Dios que alcanza jubiloso a los buenos hijos, precisamente por ser gratuita, no debería ser negociada, como tampoco ser instrumento de presión para dominar a otros o alcanzar alguna mínima regalía del contrario.

El buen cristiano vive la paz, la promueve y se baña en sus exquisitas playas al lamido suave de sus olas. Está consciente de que la paz del sepulcro puede ser caos y sufrimiento allá en la trascendencia, prolongación dolorosa de la agónica ansiedad de sus tontas guerras. Vive atento, manso pero prudente; conciliando sus preocupaciones y las de otros; concentrado en la luz generosa y suave de su propia serenidad, a la que está amarrado con los tersos brazos del amor, comprensión, misericordia, justicia y solidaridad. Las únicas luchas que dan frutos permanentes son las del bien común, las que promueven el avance y el caminar hacia las más altas cúspides del saber y del sentir humano.
«Soy tan sólo lo que soy ante Dios», dice san Francisco de Asís. Es ése su testimonio; su única lucha: su paz interior. Ha llevado al máximo grado la virtud cardinal de la justicia, que consiste en someterse a la voluntad y supremo juicio de Dios. Es también la acción o el poder de reconocer y dar a cada uno lo que le pertenece o merece; suena a derecho, razón, equidad, igualdad, dignidad, libertad y unidad; no levanta alambradas, ni las rompe, pues reconoce que “las alambradas no son solamente un trozo de metal”, como dice una canción cuyo nombre no recuerdo. Vive san Francisco en la paz de Dios; su vida fue y sigue siendo un remanso tranquilo de sombras sonrientes, murmullos de amor y cantarinas aguas que se deslizan por su conciencia. Vive y sueña despierto en las dulces palabras de san Pablo a los romanos, refiriéndose al Señor Jesús: “La muerte ya no tiene dominio sobre él, porque al morir, murió al pecado de una vez para siempre; y al resucitar, vive ahora para Dios. Lo mismo ustedes, considérense muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro.”
Las alambradas son fronteras artesanales fabricadas por el hombre para defender sus propiedades (siempre me ha parecido que “propiedad” viene de “propio de la edad”), para marcar su territorio (sería más barato hacerlo como los perritos, aunque insalubre) o proteger su vida. Las hay sólidas, de alambre, decoradas, ocultas, disimuladas o protegidas por armas y, últimamente, electrónicas y electrificadas. ¡Qué tranquilo sería nuestro país y nuestros hogares sin alambradas, barricadas o muros! Muchos hemos pasado por la amarga experiencia de un asalto al hogar, sobre todo si hemos vivido, como en nuestro caso, más de una treintena de años sin cercas, libres, y seguros; pensando en la honradez de la vecindad y en la protección del Altísimo. El instinto de conservación aparece urgente: mis puertas han sido quebradas, la intimidad de mi hogar rota y, por algunas evidencias es seguro que participaron hasta mujeres… es cuando asoma la necesidad de la autoridad y el acogimiento de dos jóvenes agentes que muy atentamente recogieron huellas y otras evidencias. Protección adicional que la sociedad ha creado para sus ciudadanos.
Somos ante Dios lo que somos, como dice san Francisco y refuerza san Pablo, por lo que, siendo Él nuestro todo, nuestra vida, paz, camino, luz y verdad, debemos asumir nuestra realidad y conjugarla con la voluntad divina, entregándole todo al Señor que se dio todo por nosotros. Suyas, Señor, son nuestras vidas, nuestras familias, haberes y sinsabores, tristezas y peligros; entreguémonos a Él, hermanos, único sostén en las horas de estío, sequedad y soledad. Descansemos confiados en Su providencia divina mientras suplicamos por Su paz y nos entregamos confiados en Sus benditas manos, con nuestras propias concupiscentes cruces al hombro y el paso decidido en pos de Su suave caminar. Nada ni nadie vale siquiera lo más mínimo de Su recompensa; ¿para qué, por qué o por quién perderla?

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