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Conflicto en la UNAH

Conflicto en la UNAH Diac. Carlos E. Echeverría Coto carloseduardiacono@gmail.com Hay momentos en la vida en que tenemos la sensación –y hasta la certeza- de que no avanzamos; de que volvimos a tropezar con la misma piedra. Reflexionando sobre esto, me he dicho más de una vez: esta pesadilla ya la habíamos vivido y aquí está de nuevo.

Tal nos sucede cada cuatro años, cuando todos lamentamos que perdimos otra vez el tiempo oportuno para reformar completamente las reglas de juego de las próximas elecciones. O cuando nos hayamos sumergidos, una vez más, en las tinieblas, por obra y gracia de la ENEE. O cuando nos encontramos ante un dilema de proporciones shakespearianas: “reelección o no reelección, ésta es la cuestión”.
Henos aquí ante una nueva crisis en la Universidad Nacional Autónoma. Y tristemente constatamos que llegamos a este punto por no haber resuelto algunas de sus causas principales. En este caso es evidente que alguien no hizo bien sus deberes. Y me parece que los principales responsables ya no están en la UNAH, si es que se trataba de verdaderos estudiantes, pues ya deberían de haberse graduado. Me refiero a los líderes estudiantiles que hace más de ocho años recibieron del Congreso Nacional, vía decreto, el plazo para hacer su propio reglamento electoral, y no lo hicieron. Heredaron el problema a sus sucesores quienes, por lo visto, tampoco honraron sus obligaciones. No sé en verdad si alguna autoridad trató de evitar la crisis recordándoles ese compromiso, lo que hubiera sido deseable.
En efecto, la crisis actual estalló de nuevo porque el estudiantado no se sienten debidamente representado por quienes fueron incorporados al Consejo Universitario mediante el procedimiento de emergencia. Y estos representantes le hubieran hecho un gran servicio a sus compañeros si hubieran tenido la iniciativa de velar porque las cosas no llegaran otra vez al mismo punto.
La Universidad Nacional cuenta con un procedimiento sustitutivo, pero está claro que lo ideal es que sean los estudiantes quienes tomen sus propias decisiones. Lástima que las prórrogas no fueron aprovechadas. Pero una vez estallada la crisis se sumó al tema de la representación estudiantil la petición de no ventilar las diferencias del pasado (incluidos algunos actos donde la protesta pacífica rebasó sus límites) en los tribunales de justicia. La falta de saludables salidas jurídicas, que hubiesen ayudado a la paz universitaria, me confirman en la sospecha de que quizá algunas de nuestras facultades de Derecho están formando más en legislación, que en jurisprudencia. Pero éste es otro tema que habré de abordar con calma en otra oportunidad.
A las dos peticiones fundamentales sobre la representatividad estudiantil y amnistía, se agregaron otras nuevas: mejoras en el servicio académico, no represalias por la toma actual y renuncia de la rectora, los vicerrectores, los miembros de la Junta, algunos decanos y directores y no sé si algunos funcionarios más. Pero, si todos se van, ¿con quién dialogar?

El problema parece ser de orden político, no porque haya –según se dice- injerencia de activistas de algún partido- sino por su estructura. Por lo general, la problemática política no tiene solución cuando cada una de las partes mantiene tesis irreconciliables. La única manera de resolverla es que cada quien ceda en algo. Urge pues el diálogo, sin descartar la intervención de facilitadores. Y si por esa vía no se llegase a una solución, habría que pensar en mediación o hasta en arbitraje.

Mientras, los universitarios cristianos tenemos un triple deber, orar, trabajar por la paz y reconciliación, y estar dispuestos a pedir y otorgar perdón.

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