Diócesis La Ceiba

Bendicen ampliación del templo San José Esposo de Barrio la Isla

Bendicen ampliación del templo San José Esposo de Barrio la Isla
La remodelación fue hecha con esfuerzos de toda la feligresía, quienes aportaron económicamente, realizaron actividades y todo tipo de eventos para poder recaudar los fondos requeridos y ver finalizada la obra.
Texto y fotos: Rolando Obando
roja_obando@yahoo.com
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Tras varios años de intensos esfuerzos compartidos, las comunidades que habitan en los barrios La Isla, La Gloria y La Barra de la ciudad puerto de La Ceiba, vieron coronados sus sueños cuando monseñor Miguel Lenihan, Obispo de esa Diócesis, bendijo la ampliación de la capilla ubicada en el sector.
El templo que está en la jurisdicción de la Catedral San Isidro Labrador fue fundado en 1970, contando con 47 años de existencia, y está situado en el antañón barrio La isla. Actualmente el sacerdote Jesús Calderón, es quien está encargado pastorear esa comunidad, oficiando misa todos los domingos a las 9:00am y la Hora Santa cada primer jueves del mes.
El sueño de los feligreses era el poder ampliar la capilla y tener un lugar donde exponer el Santísimo Sacramento, después de 47 años por fin logró verlo hecho realidad, pues el domingo 18 Monseñor Miguel Lenihan Ofm, bendijo el anexo de la capilla.
La remodelación fue hecha con esfuerzos de toda la feligresía, quienes aportaron económicamente, realizaron actividades y todo tipo de eventos para poder recaudar los fondos requeridos y ver finalizada la obra.
En su homilía monseñor Lenihan expresó: “Nuestra Iglesia posee grandes tesoros, valiosos e inigualables como la Eucaristía, el cuerpo y sangre de Cristo, sintámonos orgullosos nosotros los católicos por poseer ese maravilloso legado de recibir la Santa Eucaristía.
Manifestemos nuestra fe, celebrando nuestra fiesta con el alimento espiritual, Dios nos brinda el maná, el pan bajado del cielo, su cuerpo y sangre; si bien es cierto es necesario el alimento del cuerpo, sin embargo dejemos de preocuparnos tanto por el, preocupémonos por el alimento espiritual, del alma y espíritu, recordemos lo que nos dice Mateo 15,11-21: no es lo que entra en la boca lo que contamina al hombre; sino lo que sale de la boca, eso es lo que contamina al hombre…
Aprendamos a darnos desde chicos como verdaderos cristianos católicos, participemos de la santa Eucaristía, llevemos a nuestros hijos grandes y pequeños a la iglesia. No importa si corren, juegan, lloran y no ponen atención, nuestra misión es llevarlos para que sepan desde niños que esa es la casa de Dios, y con el tiempo ellos aprenderán a escuchar, participemos todos en familia, para escuchar la palabra del Señor.
Así como el cuerpo necesita lo alimentemos con arroz, frijoles, pan, carne, para nutrirnos, de igual manera necesitamos alimentar lo más importante el espíritu no le dejemos marchitar, reguémoslo con el maná del cielo día a día.

LA ANÉCDOTA.- El obispo contó a sus feligreses la siguiente anécdota: Un sabio llega al infierno, comienza a caminar por el lugar, observando un hermoso paisaje, siguiendo un camino, ve a lo lejos un palacio que ningún ojo humano había visto, y que ningún artista hubiese pintado. El asombro del sabio era muy grande “¿Cómo el infierno puede ser tan hermoso?”, se preguntaba.
A su paso la gente que habitaba el lugar caminaba silenciosa, no hablaba, no se sonreía, no se saludaba, sus cuerpos en exceso delgados con vientres grandes producto de la desnutrición.
Llegando al enorme portal del palacio, escucha el estridente sonar de campanas, las enormes puertas se abren, toda la gente del lugar comienza a ingresar al palacio y el sabio hace lo mismo. Su asombro ahora era total, al observar enormes mesas tendidas con los manjares más exquisitos que podamos imaginar, no comprendía: ¿por qué el hambre de esta gente?.
Observando atentamente, ve que los comensales toman hermosos tenedores de plata con incrustaciones de piedras preciosas, pero estos tenedores medían más de dos metros. Inútiles eran los esfuerzos de esa gente para llevarse la comida a la boca, los tenedores eran demasiado largos.
Después de algún nuevamente suenan las campanas, todos comienzan a abandonar el lugar, con más hambre y mayor tristeza que la que antes traían. El sabio comprendió, esto sí es el infierno, tener los manjares más exquisitos frente a sus ojos y no poder comer y morir de hambre. Es realmente el peor castigo.
Sigue su viaje y llega al cielo, el desconcierto abruma al sabio al encontrar el mismo paisaje, el mismo camino, el mismo palacio, pero allí la gente era diferente, esta sonreía, se saludaba y conversaba.
Las mismas campanadas se hacían oír. Todos ingresaban al palacio, las mismas mesas tendidas con los mismos manjares. Aquí el sabio ya nada comprendía al ver los mismos tenedores largos de dos metros. El sabio se preguntaba entonces qué diferencia habría entre el cielo y el infierno.
Al hacerse esa pregunta, la gente le dio la respuesta, cuando vio que cada comensal tomaba su tenedor y alimentaba a quien tenía en frente de él.
Así el obispo dejó claro que el amor fraterno es necesario para poder caminar juntos en paz y armonía, dejando de pensar en mí y pensar en los demás. Seguidamente bendijo la nueva área construida, cada pared, cada rincón, y sobre todo el lugar sagrado del Santísimo.
La feligresía presente se mostró muy satisfecha y emocionada al saber que el fruto de su trabajo era bendecido por Dios.

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