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Ni un punto ni una coma

Ni un punto ni una coma Jóse Nelsón Durón V. Sin el impulso hacia lo divino el hombre no sale de lo terrenal; sin la gracia de Dios el hombre no sale de sí mismo; todo lo aprecia dentro de sus límites; y su alma, espíritu y esencia más íntima quedan atrapadas y se ven impedidas de exhalar el grito angustiado o no de su existencia, atisbando el futuro, el más allá de su carne, de su mente y de su inteligencia;

pierde la posibilidad de volar y las aguas de sus ímpetus hacia la eternidad, callan sus melodías y hacen un alto en el cauce de una gris vivencia que se conforma con baladíes menores que una coma. Se ve el hombre dividido, inseguro, ávido de reconocimiento y no encuentra lugar para poner sus íes ni sus comas; le tiembla hasta el suelo, no encuentra asidero firme para sus pies. Pasa en la política, en la amistad, en el amor supuesto y, por infortunio, hasta en la religión.
En un medio en que la corrupción es el pan de cada día para los que así acostumbran, se buscan con viveza nuevas maneras de corromper y de vivir en, o justificar, la corrupción. Quien más grita contra los corruptos es, en muchos casos, también uno de ellos. Somos corruptos cuando nos aprovechamos de los demás, aunque algunos nos llamen “vivo”, inteligente o audaz; cuando mentimos para lograr un propósito; cuando no hacemos fila y adelantamos a otro sin deberlo; cuando no regresamos “el vuelto”; compramos caro a cambio de comisión; acusamos sin prueba y condenamos sin conocimiento en el café, en el bar, la calle o por los medios; ¡deberíamos vernos en el espejo! Escribe san Pablo a los romanos: “la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, aún sobre aquellos que no pecaron como pecó Adán, cuando desobedeció un mandato directo de Dios.” Y el Señor Jesús afirma: “Porque os aseguro que, mientras no pasen el cielo y la tierra, ni un punto ni una coma desaparecerán de la ley hasta que todo se cumpla.” (Mt 5, 18). Enseñar a desdeñar el Sacramento de la santísima Eucaristía, el de la Confesión o Reconciliación y, en general, la vida sacramental que la Iglesia procura para el mundo, ciertamente que cae dentro de esta enseñanza del Señor.
Dios no minimiza. No. Más bien es Él quien se acerca tanto que se vuelve pequeño. Él no rechaza, no desdeña, no ignora. No. Él es el Señor de la inclusión; se hace uno más con nosotros. Jesús no distingue, no hace excepción. No. Él nos hace iguales, nos ama a todos y nos glorificará a todos, menos a aquellos que no cambien, por desgracia. Dios es el Rey de la acción, de lo concreto, de la creación. Él es el Señor de la causa y el efecto. Para Él no existe la casualidad. No. Él todo lo hace con un propósito. Ni un cabello cae por casualidad. Por eso se hizo hombre. Se encarnó. Se hizo carne. Tiene una Madre, vivió en un hogar, tiene una familia y nos quiere a todos miembros de esa familia. La familia de los santos. Y nos ha encargado a esa Madre para que interceda por nosotros y nos muestre el bendito rostro de su Hijo en aquella hora en que seamos llamados a y por el Padre que es amor y misericordia. No yerren, ni siquiera por presión o amenaza: “No teman a los hombres. No hay nada oculto que no llegue a descubrirse; no hay nada secreto que no llegue a saberse. Lo que les digo de noche, repítanlo en pleno día, y lo que les digo al oído, pregónenlo desde las azoteas… En cuanto a ustedes, hasta los cabellos de su cabeza están contados. Por lo tanto, no tengan miedo, porque ustedes valen mucho más que todos los pájaros del mundo.” Actuemos, mis hermanos, en consecuencia; libres y dignos, sabiendo que Dios nos ama y absolutamente nada ni nadie podrá sustituir ese amor y la recompensa que Él tiene preparada. Recordemos, todo lo que se opone a Sus enseñanzas y a Su amor; todos los ídolos terrenos, los opresores, dominadores, falsos y los que ofrecen algo a cambio de nuestra dignidad o aún de nuestra aprobación y seguimiento, actúan en favor del enemigo. Paz y Bien.

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