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La razón de la sinrazón

La razón de la sinrazón Diac. Carlos E. Echeverría Coto carloseduardiacono@gmail.com La sinrazón aparece cada vez que atentamos contra la razón, o contra lo razonable, e incluso contra la justicia. Vista fríamente, la sinrazón es un defecto bastante grave. Pero si le damos más pensamiento al asunto, veremos que es mucho más frecuente que lo que debiera ser y que es sumamente difícil que alguno de nosotros no haya caído en la sinrazón.


No sólo a veces somos poco razonables, sino que llegamos a empecinarnos en querer tener razón a toda costa y, por ello, llegamos a lo que se llama la razón de la sinrazón. Naturalmente esta clase de razón es ilógica, cuestionable, y no llega a imponerse sino a la fuerza. En lugar de utilizar la fuerza de la razón, estamos utilizando la razón de la fuerza.
Esta conducta se puede observar ocasionalmente en todos los seres humanos y no es tan grave, pues todos fallamos alguna vez a la hora de razonar con lógica. En otras personas el asunto es habitual y entonces estamos ante gente obcecada e irracional. Ahora bien, cuando esa gente está en posiciones de poder, la cosa puede llegar hasta a la prepotencia, el abuso de autoridad o la franca injusticia.
Aprendí bromeando con algunos colegas el “Reglamento del Jefe”, cuyo artículo primero dice: “El jefe siempre tiene la razón”, y cuyo artículo dos expresa: “En caso de que no la tenga, se aplicará el artículo primero”. Lo malo del caso es que hay algunos (siempre demasiados) que actúan de esa suerte.
Se cae en la sinrazón cuando se toman resoluciones antojadizas, a espaldas de la Ley; o cuando se interpreta la Ley, burlando la justicia; o cuando tomo decisiones incorrectas, por no querer oír la voz sensata de algún subordinado. También caigo en ella cuando me creo autosuficiente en los más variados campos, y no creo estar necesitado ni de asesoría ni de consejos amigables.
Todo gobernante (y quienes están ansiosos por serlo, debería orar como lo hizo el joven rey Salomón: “Concédeme un corazón prudente para gobernar a tu pueblo y saber discernir entre lo bueno y lo malo” (1R 3, 9). Por eso me alegraría que los candidatos y sus equipos dejen, de una vez por todas, el recurso a la sinrazón y nos expliquen sensatamente cómo van a resolver los principales problemas que aquejan la nación.
La sinrazón no sólo es un atentado a la razón, con frecuencia lo es también a la moral, pues se nos quiere engañar, se nos dicen medias verdades, se maquillan cifras, se nos hace creer que la realidad es la que ellos describen.
Desde antiguo se tuvo alto aprecio a la sabiduría y se vio en ella la mano de Dios. Todos deberíamos seguir estas paternales recomendaciones: “Hijo mío, si tú recibes mis palabras y guardas dentro de ti mis mandamientos, haciendo tu oído atento a la sabiduría e inclinando tu corazón a la inteligencia; si llamas a la prudencia y levantas tu voz hacia la inteligencia, entonces comprenderás el temor del Señor y descubrirás el conocimiento de Dios. Porque es el Señor el que da la sabiduría, y de su boca procede la ciencia y la sensatez” (Pr 2, 1-3. 5-6).

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