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Serenidad y vida

Serenidad y vida Jóse Nelsón Durón V. La palabra “si” es una conjunción condicionante; con ella expresamos duda, aseveración, oposición y otras situaciones que deseamos convenir o asociar.

Si tal cosa, tal resultado… la utilizamos casi siempre en condiciones en que denotamos, en el fondo, claro está, inseguridad o deseamos cubrir todas las posibilidades, siempre desde una plataforma condicionada. Expresa la falta de certeza y la esperanza entrecortada que oscila entre las orillas, porque el ser humano fue creado para caminar. Cuando paramos, nuestro mundo, imaginación y organismo parecen detener las energías vitales y el avance parece más bien ser negativo. Evolución, avance o crecimiento es la clave, porque la alternativa es la muerte o la desaparición, el fracaso, la desilusión, la vergüenza o, peor, la pérdida de confianza en sí mismo. Con el acento en la vocal, decimos todo lo contrario al “no”. Y cuando el uso es seguro, viene revestido de esperanza y certeza, que es la acepción que aprovecharemos ahora.
La realidad nos saca de la ambigüedad, nos arroja en la caída libre de la verdad. El ejemplo más a la mano, junto con el otro, es nuestro fútbol, que tanto hace sufrir a todos; aún a los que no gustan de él, porque deben sufrir las desilusiones de los otros. Nos contentaron en un momento con el biotipo del hondureño, como si fuésemos de otro planeta, muy lejano de México, Estados Unidos o el Brasil. Lo importante para quienes viven del entusiasmo, es avivar las pasiones para que incremente la venta o los ratings, aunque ello signifique exacerbar los ánimos; al final, el resultado se justifica de cualquier manera o se atribuye a lo inesperado o a la mala suerte; total, a esa señora nadie la conoce. En la otra pasión del hondureño, la política, siempre son los mismos; o acaban siéndolo. Sólo se cambian de ropa o de careta. Sólo hace falta aprender a ¿gritar?, ¿mentir?, ¿bufar?… para ganarse el derecho a ser de la lista, de los que creen tener el derecho a gobernar (con sus brillos falsos, cual oropeles echados al aire en la borrachera de la pasión desbordada) en nombre de todos los pobrecitos catrachos. Si alguien desea hacer algo definitivo para el pueblo debe atender su juventud, en la enseñanza, en la educación, entrenamiento, oportunidades y preparación para el futuro. Debe enseñarse, predicarse y practicarse la serenidad, estado normal de los seguros de sí. Enseñar a hacer todo lo posible con el mejor esfuerzo y dejar el resultado a Dios. Él sí sabe.
El que puede reposar su cabeza en algo más que una piedra no ha roto con nada, no ha abandonado nada, no conoce la ascesis ni la desea, no ha alcanzado la paz y no es capaz de hablar con dulzura de las rudezas de la vida. Su alma no conoce la serenidad, que es la profunda armonía y equilibrio de su alma segura, centrada en la misión de su vida, en la meta trazada con los ojos del alma puestos en la otra orilla, allá donde dicen que cantan las aves de más bellos plumajes y se comen los frutos más exquisitos; donde reina la paz y la dulce contemplación del amor más puro jamás concebido. Nos lo asegura el Señor Jesús: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo les voy a dar es mi carne para que el mundo tenga vida”. Ésta, no otra, es la importante, la meta definitiva; y alcanzarla significa abandono y negación de todo lo opuesto, incluso de las críticas malsanas de quienes no fueron enseñados apropiadamente sobre la maravilla sacramental que Dios oculta a los necios.
La extraordinaria personalidad del Señor Jesús no se atiene a estándares solamente humanos, no puede encasillarse en presupuestos psicológicos normales. “En Él lo humano está aureolado por lo divino y trascendente, sin que se pueda muchas veces establecer una línea divisoria para determinar dónde termina lo puramente humano y dónde comienza lo supra humano” (Teología de la Biblia II, BAC). Su enigma y misterio es inalcanzable para el hombre. Pero Su amor es gratuito y sólo basta abrirle el corazón para tenerlo. Él nos dice serenamente: ““Yo les aseguro: Si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no podrán tener vida en ustedes… El que come de este pan vivirá para siempre”. Así mismo es.

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