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Homilía del Domingo 18 de Junio de 2017

Homilía del Señor Arzobispo en la Fiesta del Corpus Christi “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que come de este pan vivirá para siempre” (Jn.6, 51-59) En el Evangelio de este domingo Jesús se presenta como “el Pan vivo bajado del cielo”. Sí, Jesús afirma que Él es el Pan de la Vida, el Pan bajado del cielo, Pan que se entrega para dar vida al mundo. Ciertamente Jesús alimenta nuestra vida.

En el lenguaje coloquial el pan es símbolo de todo el alimento que el ser humano necesita para vivir. Esto era algo que aquella gente podía comprender. Quienes escuchaban a Jesús, podían comprender que el pan de que Jesús hablaba, era el pan de la Palabra de Dios.
Pero Jesús desea hacerles ir aún mucho más lejos… El no es tan sólo la “Palabra de Dios “que ilumina sus corazones, y los nuestros, sino la “Palabra es hecha carne”, deseosa de entregarse totalmente. Por eso dice: “el Pan que Yo daré es mi carne para la vida del mundo”.
Jesús habla ahora de “mi carne”, ¿Qué quiere decir Jesús? Quiere decir que el Espíritu no se da fuera de la realidad humana. Por tanto, la carne de Jesús no es sólo el lugar donde Dios se hace presente, sino que se convierte en la expresión del amor del Padre a la Humanidad. Dios no está en el más allá, se ha hecho presente en el Hombre Jesús. Dios da su Espíritu pero es su carne la que lo expresa; es decir, la persona de Jesús hace presente a Dios en la historia.
Los judíos se disputaban entre sí: “¿cómo puede Este darnos a comer su carne? Las palabras de Jesús no provocan ahora una crítica, sino una pelea entre los mismos judíos. No entienden su lenguaje; la mención de su “carne” los ha desorientado y, a la vez, les ha quitado la seguridad. Mientras Jesús se mantuvo en la metáfora del pan, podían aún interpretar que se trataba de un maestro de sabiduría enviado por Dios.
Pero Jesús ha precisado bien, que ese Pan, es su misma realidad humana, no una doctrina. Ellos no entienden qué puede significar “comer su carne”. Buscan una explicación, pero no la encuentran. También nosotros, como aquellos oyentes judíos, estamos turbados frente a esta afirmación: ¿Cómo es posible que un hombre nos dé su carne como comida? ¡Es una locura! Sin embargo Jesús no tiene miedo de escandalizar con una afirmación tan fuerte.
Pero ¿Qué significa comer su carne? Para los judíos la “carne” de una persona significa la persona entera, con todo su ser. Jesús está ofreciéndonos a todos una relación personal e íntima con Él que nos llevará a una Vida en plenitud. “Comer su carne” equivale a asimilarse a Él, a sus actitudes, a su estilo de vida; y eso es lograr la Vida definitiva. No podemos seguir comulgando y permanecer siendo egoístas, violentos, intolerantes… Necesitamos tomar conciencia de que comulgar “la carne” de Jesús nos lleva a ser generosos, pacientes, comprensivos, comprometidos como Jesús que ha venido para la Vida del mundo.
Retengamos las palabras de Jesús en el evangelio de hoy: “Si no comen la carne del Hijo del Hombre y no beben su sangre, no tienen vida en Ustedes”. Ciertamente, en la Eucaristía podemos experimentar en qué consiste la verdadera vida, una vida que sacia nuestro deseo más profundo.
La Eucaristía nos impulsa también a entregar nuestra vida. La Eucaristía es una fuerza de transformación del mundo. El que participa en la Eucaristía está llamado a ser fermento de solidaridad. Para ello necesitamos salir de nosotros mismos, acercarnos al que sufre, denunciar la injusticia e irradiar el amor compasivo de Jesús en nuestra sociedad. Si partimos el pan es para que todos podamos compartir y repartir nuestra vida. La Eucaristía es banquete festivo y, al mismo tiempo, una protesta profética contra el hambre en el mundo. De verdad, ¿nos dejamos transformar por la Eucaristía cada domingo?
Hoy es la Fiesta del Cuerpo y Sangre de Cristo, celebramos el gran sacramento que Jesús dejó a su Iglesia, el Misterio de su Presencia y de su amor, “entregado por nosotros…” Su presencia es su vida entregada por todos, para que nosotros entreguemos la nuestra.
Esta Fiesta del Corpus es también el día de la Caridad y tenemos presente, de manera especial, el drama del hambre que atormenta a millones de seres, más de un millón de familias donde ningún miembro tiene ingreso alguno, la soledad de los ancianos, las adversidades que afrontan los inmigrantes y a tantas personas como necesitan nuestro apoyo, nuestro servicio y nuestra solidaridad.
Que cada vez que celebremos la Eucaristía, podamos dejarnos “alcanzar” por ese amor de Cristo que nos ha amado hasta el extremo, hasta dar su vida. Nosotros deseamos seguir a Aquel que, enamorando nuestro corazón, nos incita hacia una nueva forma de vivir. Esto nos llena de confianza y alegría.
Hoy podemos decirle: Señor Jesús, Tú eres el Pan Vivo que ha bajado del cielo: el que come de Ti, vivirá para siempre. Que también nosotros podamos entregarnos para la vida del mundo.

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