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Hasta Luego querido Padre Antonio Quetglas, CM

Hasta Luego querido Padre Antonio Quetglas, CM Por: Óscar Andrés Cardenal Rodríguez Maradiaga, sdb Arzobispo de Tegucigalpa Síguenos en www.fidesdiariodigital.com Hace más de medio siglo el P. Antonio vino a Honduras dejando atrás su amada Patria y trayendo en el corazón el deseo profundo e intenso de hacer el bien. Había sido maestro de novicios de la Congregación de la Misión, pero cuando –poco después del Concilio—se vino a Honduras sabía con humildad que, si antes él había enseñado a los jóvenes en formación de su Comunidad, ahora le tocaría aprender muchas cosas.


Dios le dio la gracia de poderse adaptar, no sin renuncias y sacrificios, a su nueva condición de misionero y así, trabajando en las Comunidades campesinas y garífunas de la Costa Norte de Honduras empezó a encontrarle un nuevo sentido a su vocación sacerdotal.
El P. Antonio se hizo hondureño con los hondureños y para los hondureños, entregando su vida y sus fuerzas para resolver todas las necesidades humanas que estuvieran a su alcance. Su creatividad y su ingenio Pastoral fueron encontrando espacios y campos novedosos dónde poder ir haciendo el bien especialmente a los más pobres.
Como San Vicente de Paúl, él sentía en su corazón el deseo incontenible de responder a diferentes realidades humanas, personales y comunitarias, para llevar consuelo, protección, alimento, seguridad y dignidad a los niños abandonados, madres solteras, adultos mayores abandonados o en peligro, jóvenes que no tenían claro su futuro, etc. En su corazón sacerdotal todas las miserias humanas tenían siempre una resonancia especial y el reclamo del dolor de los pobres se hizo para él el norte que orientó el camino de su largo caminar por este mundo. Si de Nuestro Señor se dice que “pasó por el mundo haciendo el bien” (Hechos 10,38), del P. Antonio se puede decir lo mismo porque su sacerdocio, participación del de Cristo, estuvo marcado siempre por la dedicación a practicar el bien en grado heroico.
En nuestro entorno cada día resulta más difícil encontrar personas que consagren su existencia a servir a los demás. Y por ello, raya con la suerte la posibilidad de encontrarse por la vida con quienes tienen la capacidad y la fortuna de hacer de sus creaciones no sólo algo maravilloso mientras viven, sino lo suficientemente fuertes como para que se prolonguen más allá de su existencia física, en una muestra extraordinaria de capacidad, competencia y sobre todo de institucionalización de la bondad. Si una canción de Julio Iglesias dice que “las obras quedan las gentes se van”, no es para que la vida siga igual sino para cambiar la vida de muchas personas a través de esas obras. La labor del P. Antonio Quetglas, se convirtió en una espiral de amor y de servicio alrededor de la cual giran miles de personas motivadas por su ejemplo, en las Obras Sociales Vicentinas. No quiero agotar el tema de la gran caridad del P. Antonio, porque es inabarcable, pero él fue el primero en Honduras que acometió el tema de las Madres solteras y buscó una ayuda profesional a las mujeres embarazadas que en conflicto con su embarazo buscaban protección para ellas y para el niño que estaba por nacer. Cientos de mujeres han tenido la orientación necesaria para construir un plan de vida para ellas y su bebé, ya sea a través de la creación de las condiciones para la crianza de sus hijos, o garantizándoles a ellos un hogar al cual tienen derecho y su madre no está en capacidad de proveer. Su amor vicentino a los niños lo inspiró a realizar esfuerzos inimaginables. Ese carisma hizo que la misa de los niños en la Parroquia de la Medalla Milagrosa de Tegucigalpa fuese un imán que los atrajo, haciendo lo mismo con sus padres y madres.
El P. Antonio implementó Programas especiales dedicados a trabajar por los niños que han hecho posible que grupos hasta de seis hermanos puedan encontrar un hogar y así cumplir con un sueño y un derecho al que todos deberíamos tener posibilidades de acceder. Con el trabajo de casi medio siglo, el P. Antonio sin mayor reconocimiento social ni retribución económica, por el contrario, sin vanidad alguna, cada mañana hizo y puso todo cuanto pudo de su esfuerzo y del patrimonio que la Providencia puso a su alcance para hacer que la vida de otros fuera viable, digna y feliz.
Con su vida sacerdotal y misionera, como otro San Vicente de Paúl, el P. Antonio demostró que amar es un deber cuando pensamos primero en los otros… Cuando nos preocupamos por los demás, cuando acudimos en ayuda del que necesita… Cuando nos acordamos del que tenemos al lado… Cuando compartimos los bienes que tenemos… Cuando acompañamos a los que sufren… Cuando damos nuestro tiempo para beneficio de otros… Cuando colaboramos para mejorar la situación de los que menos tienen… Así́ es como vivimos a la manera de Jesús. Así vivió el P. Antonio el evangelio.
En 1993, cuando San Juan Pablo II me nombró Administrador Apostólico de San Pedro Sula, tuve la dicha de que me acompañó como Vicario General. Cuánta sabiduría y generosidad encontré en él. Posteriormente tuve también la alegría de nombrarle Vicario General en Tegucigalpa, cuando fue trasladado a esta Arquidiócesis. Si él no hubiese llegado, la “Milagrosa” se hubiese derrumbado. Y no digamos el grandísimo apoyo a la fundación para la Educación y la Comunicación Social. Gracias Padre Antonio. Honduras tuvo la dicha de conocer a otro San Vicente de Paul viviendo entre nosotros.
Su partida entristece a miles de personas que conocen sus virtudes sacerdotales, fineza en el trato, amabilidad y don de gentes, buen humor y alegría, disponibilidad para servir y la capacidad de hacer y conservar amistades. Honduras llora su adiós, pero ya era la hora marcada por el reloj de Dios para que el P. Antonio se marchara a la casa del Padre a disfrutar de los gozos de su Señor, tal como corresponde a un siervo fiel y solícito; su bello y edificante ejemplo servirá de inspiración para muchas generaciones que quieran servir a los demás y sin duda que sus obras sociales seguirán su marcha y crecerán, porque desde el Cielo el P. Antonio velará por sus pobres. Gracias, querido Padre Antonio. Hasta luego, querido Padre Antonio.

+Oscar Andrés Cardenal Rodríguez Maradiaga, sdb
Arzobispo de Tegucigalpa
13 de junio de 2017

 

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