Buenas Nuevas

“Sopló sobre ellos…”

Al encuentro de la palabra… según San Mateo para la Lectio Divina
P. Tony Salinas Avery
asalinasavery@fundacioncatolica.org
“Sopló sobre ellos…”
El texto de san Juan, que ya hemos leído en el segundo domingo de Pascua, es una primera guía para delinear la función del Espíritu Santo, en este maravilloso domingo que es la clausura del tiempo de Pascua y la apertura a la misión continúa de la Iglesia.

Para san Lucas tal como nos cuenta el libro de los Hechos de los Apóstoles, a diferencia de san Juan, en la primera lectura que hemos escuchado, el Espíritu Santo ha descendido sobre el Colegio Apostólico y la Virgen María a los cincuenta días del acontecimiento pascual. Fecha en que los judíos celebraban la fiesta de Pentecostés. Fiesta que originalmente fue la fiesta estiva de la siega. El judaísmo la había transformado en la alegre conmemoración del don de la Ley del Sinaí: “en la fiesta de Pentecostés – decía el rabí Josué ben Shalafta (150 a.C.) – los diez mandamientos fueron donados a los israelitas”. Más tarde con la predicación profética se consideró la fiesta de la “Nueva Alianza”, invadida por el el Espíritu Santo de Dios infundido en los corazones de piedra del hombre pecador, según la promesa de Jeremías capítulo 31.
El primer Pentecostés fue realizado como nos lo ha narrado el Evangelio de hoy, en el Cenáculo en el mismo lugar en donde se había celebrado la Última Cena. Allí Cristo Resucitado realizó ante todos un acto simbólico, para nosotros bastante extraño, pero para la cultura oriental y para el lector de la Biblia, denso de alusiones: “sopló sobre ellos”. El hebreo como en griego, una misma palabra significa tanto “el viento” como “el espíritu”, “el soplo” de aire y “el soplo” vital. Con esta aclaración se comprende entonces, lo que el propio Jesús ha hecho, ha dado el Espíritu Santo. Él es el soplo de la vida, la fuente de la creación, el principio de una nueva existencia interior. El resucitado aparece el día de la Pascua, cuando sopla sobre sus discípulos en el nuevo Creador, de una humanidad liberada del pecado y del mal. Así lo sugieren las palabras que van acompañadas con el gesto de soplar: “A quienes les perdonen los pecados les serán perdonados”. Tan fundamental nos es el gesto y las palabras, que la Iglesia a través del Bautismo y de la Reconciliación celebra continuamente Pentecostés, convirtiéndose por excelencia en la fiesta del perdón, de la novedad, de la libertad.
De manera precisa el texto anteriormente citado del profeta Jeremías capítulo 31, sería la gran profecía que se ve cumplida en este día maravilloso, ya que él había anunciado un cambio radical en la historia, cuando Dios colocara su Espíritu en el hombre y hubiera escrito la ley sobre tablas de carne en el corazón de los hombres, perdonando al mismo tiempo toda su iniquidad.
El segundo Pentecostés, si queremos verlo así, es el narrado por san Lucas, en el Hechos capítulo 2. Se realizó en coincidencia con la fiesta judía de los judíos llamada por celebrarse a cincuenta días de Pascua: Pentecostés. Su narración se asemeja a la aparición de Dios en el Sinaí: ofreciendo a todo su pueblo la novedad de una Nueva Alianza, con el don de una nueva Ley. Pero a la vez esta humanidad recibirá un don extraordinario del Espíritu, la pluralidad de las lenguas: “Cada uno oía a los discípulos hablar la propia lengua”. De inmediato el pensamiento se dirige a la historia de la Torre de Babel, narrada por Génesis capítulo 11, en donde “uno no comprendía más la lengua del otro”.
El Espíritu Santo, es pues, el alma de la existencia cristiana y de la Iglesia, abierta al mundo y a la historia. Con la venida del Espíritu Santo se da inicio a la promesa dada por el Señor que días atrás se había ido al Cielo, asegurando que “no os dejaré huérfanos, les enviaré a un Consolador”. Éste es pues el Espíritu que procede del Padre y del Hijo, convirtiéndose hasta que vuelva Jesús en un don de fortaleza y de consuelo; guiando para penetrar en profundidad las palabras de Cristo; sosteniendo el testimonio apostólico y misionero de la Iglesia. Será además quien inspire la caridad difundiendo el amor en nuestros corazones; afianzando nuestra condición de hijo que con su fuerza interior nos ayuda a decir: ¡Abbá-Padre!

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