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Serenidad y legitimidad

Serenidad y legitimidad Jóse Nelsón Durón V. El señor Presidente de la República afirmó en una ocasión que su partido estaba listo para gobernar cincuenta años, frase que despertó comentarios sobre una dictadura imaginaria.

Cincuentena de años en el poder, quizás con base en la organización de su partido, innegable, frente al estado en ese momento de los restantes. Hoy, en el fragor de la campaña electoral es difícil discernir formales propuestas de los candidatos sustentadas en planes de desarrollo realistas, fundamentados en la situación concreta que vivimos, en las tangibles posibilidades de nuestra economía y, en general, en nuestra realidad existencial. Por ejemplo, gritar a todo lo ancho y largo del territorio que serán construidas quinientas viviendas por día para familias pobres, que entraremos en la carrera espacial en menos de cuatro años y que ya no habrá pobres en el mismo período, entraría en el terreno de lo casi humanamente imposible para una nación como la nuestra. Prometer canonjías, actos de magia o milagros, cae dentro de la irresponsabilidad y del irrespeto. Si se hiciese realidad lo que el pueblo escucha cada cuatro años, viviríamos casi que en el cielo.
Ya no es posible, sin caer en la irrealidad, continuar llamando política al sinnúmero de trampas, zancadillas y tropezones en que caen algunas personas dedicadas al oficio de la búsqueda del poder. Fácil resulta imaginarse a los grandes filósofos y pensadores de la historia humana revolviéndose en sus sepulturas. Escuchaba en la barbería, ¿dónde más?, que incluso el candidato que se lanza solito ha perdido cierta imagen, por haber coqueteado en algún momento con posibles alianzas. No lo sé; las ideas que se cocinan en la mente de un pueblo cansado de falsedades es difícil siquiera de intuir. Es tan dura la realidad que los sueños y milagros se antojan imposibles y creo que los candidatos deberían tomarlo muy en cuenta y estudiar la situación, idear soluciones que sí busquen el bien común y bosquejarlo en planes realistas y factibles, sin promesas imposibles de cumplir sin desbaratar más nuestra débil economía. Planes consensuados, no “socializados”, con empresa privada, Colegios profesionales, academia, Iglesia y otras denominaciones religiosas, sindicatos y ciudadanía. No puede un político, creemos, afirmar que va a renovar o cambiar el sistema educativo sin responder a un plan forjado con los maestros, por ejemplo; hacerlo, caería en la improvisación o en la demagogia. Viene a mi mente la consulta que hizo el gobierno al Colegio de Ingenieros Civiles relacionada con una propuesta aparentemente fabulosa de una firma internacional. El Colegio dio su opinión y hasta allí llegó la propuesta.
Nuestras raíces cristianas nos aconsejan ser observadores serenos y calificadores objetivos de las ofertas que escuchamos, para no ser llevados por la corriente turbulenta de lo desconocido. Tener la tozudez de tiempos de desgracia, que siempre nos da fuerzas para enfrentar las corrientes más fuertes; o como la playa, que consiente el ímpetu de las olas y las deja sobarla. Es claro para un corazón cristiano, acostumbrado a la verdad, que no pueden los mismos, sin catarsis, propugnar por un nuevo orden que desafía el tiempo, desoyendo el viento de la realidad nacional como si tendiera a apartarse con cara de “está bien”. No, definitivamente no. Para el sincero los “al fin y al cabo” no deben existir. Es nuestro deber aconsejar a quienes han recibido y son depósito sano del santísimo Espíritu, apreciar como cosa normal todas las lenguas que hablan del bien común, de justicia, equidad, libertad, trabajo, paz, salud y bienestar general siempre y cuando sea con base en la serena comprensión de la realidad nacional. Pedir al Espíritu de Dios que nuestras gentes sean como el árbol, que alimenta sus frutos generosamente a pesar de los augurios de tormentas y huracanes y deja danzar sus ramas y hojas al viento alegre, pero a la hora de enfrentar el ojo de la rugiente tormenta, ante las urnas, sepan ellos qué decisión tomar. Señores políticos, aprendan de una vez que ser auténtico es cuestión de estilo de vida y el ojo avisado del pueblo les valora. Hagan de sus vidas proyectos y propósitos fundamentados en las palabras del Señor Jesús, que nos invita a construir el añorado reino de Dios en la tierra y que nos dice a todos: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Así sea.

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