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La mala palabra

La mala palabra Diac. Carlos E. Echeverría Coto carloseduardiacono@gmail.com El genial caricaturista – para mí, además, poeta y filósofo- Quino, el padre de la ya cincuentona Mafalda, no sólo tiene el don del dibujo humorístico y, sobre todo, satírico, sino que también posee un dominio grande del lenguaje para decir mucho con pocas palabras.

No puedo resistir la tentación de comentar que conozco otros que, por el contrario, con muchas palabras no dicen nada.
Debo citar de memoria, pues no dispongo de mucho tiempo para ubicar el lugar preciso y la escena exacta. Pero sé de cierto que Mafalda, al escuchar que alguien decía “política”, comentó de inmediato: “ya dijo la mala palabra”. Que me perdonen quienes se dedican a esta actividad, digna de mejor suerte, pero, como dicen en mi pueblo, esta palabra como que está cargada de “vibras” negativas.
La política nace como parte de la muy honorable Filosofía, al punto que se le llamaba “Filosofía Política”. Siglos más tarde, cuando las ciencias dejan los oscuros sótanos de los alquimistas y son invitadas a las aulas universitarias, pareció que se ganaba en respetabilidad hablando de “Ciencias Políticas”. Lo cierto es que la política debe ser la filosofía, la ciencia y el arte del gobierno de los Estados y, por tanto, de los asuntos, públicos, procurando siempre el bien común.
No obstante su elevada estirpe y noble misión, lo cierto es que la política pasa por días difíciles en casi todos los países del mundo. Y como el ejercicio de la misma está en gran medida a cargo de los partidos políticos, se observa un deterioro casi generalizado de estas instituciones de derecho público a lo largo y ancho del planeta.
En nuestra querida Honduras nos preparamos para ir a elecciones generales, una de las actividades más significativas de la política, que muchos parecen considerar como la única que vale la pena, olvidando con ello las obligaciones inherentes al ejercicio del voto y a la condición de ciudadano electo. Este reduccionismo deforma totalmente el ejercicio electoral, pues los hipotéticos o supuestos planes de gobierno parecen haber sido sustituidos por el afán de preparar de inmediato las siguientes elecciones, ya sea para recuperar un poder perdido, acceder a él, o procurar instalarse en él el mayor tiempo posible.
Creo que ha llegado la hora de que los ciudadanos recuperemos los espacios perdidos y desarrollemos iniciativas exigiendo a la clase política la mayor seriedad y responsabilidad de que sea capaz. ¡Basta ya de campañas que exaltan colores y glorias del pasado y destruyen a cuanto adversario se les pone por delante. Necesitamos análisis, metas y estrategias que se hagan cargo de los principales problemas que afronta la nación: desempleo, corrupción y pobreza.
Necesitamos nuevas políticas de Estado que sustituyan a las equivocadas, que no es posible atacar la violencia únicamente en sus efectos sin intervenir en sus causas; que los recuperados doscientos días de clase vayan acompañados de calidad educativa; que los subsidios sean capital semilla y no dádivas, para que nadie se acostumbre a la mendicidad y recupere su dignidad de persona.
Que todos, incluidos los políticos, trabajemos por recuperar el buen nombre de la política. Recordemos que «quienes tienen responsabilidades políticas no deben olvidar o subestimar la dimensión moral de la representación, que consiste en el compromiso de compartir el destino del pueblo y en buscar soluciones a los problemas sociales. En esta perspectiva, una autoridad responsable significa también una autoridad ejercida mediante el recurso a las virtudes que favorecen la práctica del poder con espíritu de servicio» (DCI, 410).

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