Homilía del Domingo 4 de Junio de 2017

Homilia del Señor Arzobispo para el Domingo de Pentecostés “Jesús exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: Reciban el Espíritu Santo...” (Jn. 20,19-23) Jesús Resucitado “exhala su aliento” sobre sus discípulos que estaban sin aliento y atenazados por el miedo después de la trágica muerte de Jesús. También, Jesús Resucitado exhala hoy su aliento de Vida sobre cada uno/ a de nosotros y sobre todo ser humano.

¿Podemos abrirnos hoy nosotros a este aliento de vida? El Espíritu Santo es el aliento de Jesús… y aquellos hombres y mujeres atenazados por el miedo se llenaron de una vida nueva, de una fuerza nueva.
Lo primero que se pone de relieve es la situación de la primera comunidad después de la muerte de Jesús: “con las puertas cerradas por miedo”. Esta expresión manifiesta el miedo y la inseguridad en que vivían los discípulos, que no tenían todavía la experiencia de Jesús Resucitado. Pero el Espíritu transformó a los discípulos y les hizo abrir las puertas del cenáculo que estaban “cerradas por miedo…” Jesús Resucitado atraviesa las puertas cerradas. El miedo de los discípulos no le detiene a la hora de atravesar las puertas cerradas y desearles la paz, ¿Estaremos también nosotros con las puertas cerradas a causa de nuestros miedos?
Con frecuencia, también nosotros tenemos nuestras puertas cerradas. Pero el Resucitado, abre y atraviesa nuestras puertas cerradas. Podemos imaginarnos que Jesús Resucitado entra hoy en nuestra casa y abre todo lo que está cerrado para que vuelva a la vida todo lo bueno y bello que está ahogado en nosotros. Ciertamente, es el miedo lo que nos cierra a la vida. Su “aliento” vence todos nuestros miedos, nuestros decaimientos, nuestros pesimismos y nos ayuda a superar nuestras dificultades. Su amor puede superar nuestros egoísmos, nuestras barreras y nuestras resistencias
En la 1ª lectura de los Hechos de los Apóstoles, en la narración de Pentecostés, se preguntaban: “¿Cómo es que cada uno los oye hablar en nuestra lengua nativa… Entre nosotros hay “pardos, medos y elamitas, gente de Mesopotamia, Judea, Capadocia, Asia, Egipto, Libia; algunos somos forasteros de Roma; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua” y ¿Qué significa el fenómeno de las lenguas? Significa que el Amor es la “lengua” que todo el mundo entiende. El miedo desapareció, y las lenguas se soltaron y comenzaron a hablar con franqueza, de modo que todos pudieran entender el anuncio de Jesucristo muerto y resucitado.
En Pentecostés, donde había división e indiferencia, nacieron unidad y comprensión. Como saben, Pentecostés es el contrapunto de Babel que significa la confusión de las lenguas y la división entre los hombres. Realmente cuando en nuestro mundo no hay espacio para el Espíritu Santo surgen las guerras, las divisiones, la violencia y las grandes injusticias.
Y esto es válido también para nuestra Iglesia: cuando el Espíritu Santo está ausente en la Iglesia y en nuestras comunidades, vienen las divisiones y los enfrentamientos.

Sin el Espíritu Santo en nuestro mundo, en nuestra Iglesia y en nuestras relaciones humanas nos convertimos en la torre de Babel, es decir, vivimos en la confusión y no logramos entendernos.
¿Quién sostendrá nuestra esperanza en medio de tanta confusión? ¿Quién fortalecerá nuestra fragilidad humana? ¿Quién llenará nuestro corazón vacío que reclama una plenitud? El Espíritu de Jesús Resucitado que es solo Amor.
Hoy, tenemos muy presente a nuestro mundo, marcado por la pobreza, la violencia terrorista, las grandes injusticias y el desamor. Deseamos que el amor del Espíritu llegue a todos los rincones de la Tierra.
Ven Espíritu de Dios, ven a renovar la faz de la tierra. Ven donde hay injusticia y violencia. Ven donde domina la droga y las armas. Ven también entre los ricos que viven sólo para sí mismos. Ven donde hay indiferencia ante el drama de los refugiados. Ven a esta Europa desorientada y renuévala con tu fuerza. Ven y renueva nuestro mundo de hoy. Ven Espíritu Santo, sin Ti, nuestra lucha por la vida termina sembrando muerte, nuestros esfuerzos por encontrar felicidad acaban en egoísmo amargo y vacío.
Ven también a nuestro corazón y renueva nuestra vida. Concédenos avanzar por los caminos de la justicia y de la paz. Espíritu Santo, luz de Dios, disipa las tinieblas de nuestras dudas. Fuego de Dios, derrite el hielo de nuestra indiferencia. Torrente de Dios, fecunda los desiertos de nuestra vida y renuévanos por dentro. Tú que eres luz y eres amor, ven a renovar la faz de la Tierra.

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