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“Yo pediré al Padre…”

Al encuentro de  la palabra... según San Juan para la Lectio Divina P. Tony Salinas Avery asalinasavery@fundacioncatolica.org “Yo pediré al Padre…” (Jn 14,15-21 – VI Domingo de Pascua) En este maravilloso domingo de VI de Pascua, iluminado profundamente por las palabras de Jesús, comprendemos un proceso dinámico de la vida Trinitaria, Cristo no está solo porque siempre tiene consigo al Padre.

Nosotros por igual, nunca estaremos solos porque siempre estará a nuestro lado, como un abogado defensor, al Espíritu, que será, por tanto, el Consolador que Jesús ha prometido “Yo pediré al Padre y Él os dará otro Consolador”.
En los diálogos de despedida, Jesús nos habla indistintamente del Paráclito (Consolador) (Jn 14,16.26; 15,26; 16,7), del Espíritu de la verdad (Jn 14,17; 15,26; 16,13) y del Espíritu Santo (14,26). El Paráclito es un enviado. Es el mismo Padre de Jesús quien lo envía. Sin embargo, lo hará en nombre de Jesús. En otros pasajes parece que es el propio Jesús quien lo envía, pero desde el Padre. Su función desde el Evangelio de Juan se define en dos misiones fundamentales: dar testimonio de Jesús en primer lugar (15,26) y conducir a la verdad plena (16,13). Así pues, podemos decir que el Espíritu es el continuador de la obra de Jesús, es el agente enviado por Jesús. Jesús ha sido enviado por el Padre, y se manifestó en la carne. Esto lo diferencia del Espíritu, que se hará presente a los discípulos, les consolará, les ayudará. Y, aunque no se hará visible ni a los discípulos ni al mundo (14,17), sin embargo los discípulos percibirán su presencia: lo conocerán, estará con ellos, se quedará con ellos (4,16).
Pues bien, teniendo claro lo anterior, vemos como en el evangelio de hoy, se repite cinco veces la presentación que se hace del Espíritu Santo, llamándolo en primer lugar “Consolador”. Como se sabe, el original griego habla de Paráclito, un término sacado del ámbito judicial en donde significa “abogado defensor”.
Para comprender este aspecto a primera vista extraño hay que evocar un dato sugestivo del cuarto evangelio. Juan ve el acontecimiento de Cristo y de la Iglesia como un gran “debate procesal”. Y, es que en el plano histórico y humano, Jesús aparece derrotado al morir crucificado en la cruz, su Iglesia perseguida; tanto el mundo pecador y su maestro de orquesta (el diablo) parecen triunfadores. Pero la realidad es otra, la pasión de Cristo se convierte en una marcha triunfal de Jesús hacia la cruz. Su muerte es más bien una victoria que una derrota. La cruz es más un trono que un patíbulo. El verdadero condenado ya no es Jesús de Nazaret, sino el acusador, que desde el principio del mundo ha hecho al hombre pecador.
Y para esto, el Espíritu prometido aquella noche de Jueves Santo por Cristo está difundido en la toda la Iglesia. Será una presencia viva y misteriosa que la defenderá y la guiará en todo el desarrollo de su historia.
Dentro de dos semanas estaremos celebrando Pentecostés, la fiesta del Espíritu Santo. Pero ya en esta liturgia pascual, el Espíritu aparece en el horizonte y nosotros lo invocamos para que, como sugerirá San Pablo a los Corintios, nos ayude a transformar la “letra” del Evangelio en “Espíritu que da vida”.
Con su fuerza, como los discípulos de Emaús, en cada domingo podemos exclamar: “¿No nos ardía el corazón en el pecho mientras conversaba con nosotros por el camino, cuando nos explicaba las Escrituras?”. El Espíritu en verdad actúa cada vez que escuchamos la Palabra del Señor.

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