El don del discernimiento

El don del discernimiento Jóse Nelsón Durón V. Los sentimientos de superioridad y de inferioridad son como las dos caras de una moneda; existe uno por la existencia del otro; sufrir de inferioridad hace necesario demostrar superioridad. Es como una de las caras de un papel cuya transparencia deja ver la silueta dibujada en la otra.

Estos complejos, y otros seguramente, nos impulsan a desacreditar y desvalorar las obras, sentimientos y palabras de quienes nos rodean. En áreas diferentes es claro que tienen que ver los intereses del valorador, como sucede en los acosos de diferentes tipos (la violencia escolar, probablemente unida a otras vejaciones sufridas), el acoso sexual, las cosas de la política y, por desgracia, en la apreciación de las obras que tienden al bien común. Honduras está pasando por una etapa especial debido al ejemplo que están dejando algunos funcionarios gubernamentales y municipales, por lo que resulta necesaria la educación en la toma de decisiones, escogencia, discernimiento entre el bien y el mal, mentira y verdad, bondad e interés, que nos posibilite en el futuro escoger bien. Como es resultado de los mismos complejos, navegamos sobre la cultura de la especulación y de la sospecha, que tanto daño nos hacen; así como la cultura del oportunismo y la del “camaleonismo”, que impiden valorar bien lo que mañana descalificaremos. Hay botones hasta para fundar un mercado.
En Samaria y en los tiempos de la expansión de la Iglesia, la multitud escuchaba con atención lo que decía Felipe porque habían oído hablar de los milagros que hacía y los estaban viendo, nos dice hoy la Primera Lectura. Es ésta la actitud apropiada en la familia y en la sociedad: escuchar y ver; tanto la situación existente, como las razones que la causan, y valorarla con la mejor tesis de nuestro espíritu, que ha sido bañado por la gracia de Dios desde nuestro Bautismo. Nos dice la carta a los filipenses: “Todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo cuanto sea virtud y cosa digna de elogio, todo eso tenedlo en cuenta” (Flp 4, 8). La Iglesia nos educa en cuanto a la existencia del espíritu del bien y del mal, así como que toda conducta moral puede ser resumida en esta regla: si es para bien, sí; si es para mal, no; evita el mal y haz el bien. En el lenguaje de la ascética cristiana, el término “espíritus”, en general, es el aplicado a ciertas influencias complejas capaces de impeler la voluntad hacia el bien o hacia el mal… Sin embargo, en sentido estricto indica los distintos agentes espirituales que, por sugestiones y movimientos, pueden influir en nuestros valores morales. Trataremos solamente sobre cuatro realidades espirituales que son incuestionables: el alma humana, que, por concupiscencia, opone sus potencias inferiores a sus potencias superiores y por perturbaciones en la imaginación y errores de sensibilidad, es alejada de la verdad y del bien (Gen 8,21; Stgo 1,14-15); en oposición a nuestra viciada naturaleza o a la carne que nos impulsa al pecado, el Espíritu de Dios actúa en nosotros por Su gracia, una ayuda sobrenatural dada a nuestra razón que nos guiará de regreso al bien y a la observancia de la ley moral (Rom 7,22-25). Además del Espíritu de Dios y del humano, en el orden de la Providencia divina, dos otros deben ser observados: los ángeles buenos y los malos. El Señor quiere que haya comunicación entre los hombres y los ángeles, por lo que nos concede tener un Ángel de la Guarda que nos acompaña en obediencia. Los otros, que llamamos espíritu del mal, quieren ganarnos para su rebelión y hacernos perder la vida eterna.
Dentro de poco, dice el Señor Jesús, «el mundo no me verá más», conocedor del espíritu humano y de sus tentaciones y concupiscencia. Indudablemente perdemos de vista al Señor cuando olvidamos Su santa palabra; vamos a misa ataviados con los mejores trapos, escuchamos y asentimos a la homilía emocionados, comulgamos y dejamos abandonado al Señor en el Sagrario del Templo. Ya nos vieron en Misa; ya, suponemos, nos vio Él y ya podemos regresar a nuestro mundo… Ya tuvimos nuestra recompensa (Mt 6,16). El mundo, desde la perspectiva bíblica, es el estadio donde se libran los grandes combates espirituales, donde debemos librar nuestra mejor batalla y demostrar que es el Espíritu de Dios quien conduce nuestros pasos, estorba los pasos del mal que quiere desviarnos, ilumina nuestra inteligencia y nos concede el don del discernimiento en la procura del bien común.

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