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Cultura

Cultura 3 Diac. Carlos  E. Echeverría Coto carloseduardiacono@gmail.com Concluimos hoy nuestros diálogos sobre la cultura. Abordaremos dos temas: la subcultura e incultura. La subcultura, término usado por sociólogos y antropólogos, designa a un grupo de personas con un conjunto distintivo de comportamientos y creencias que les diferencia, dentro de la cultura dominante, de la comunidad de la que son parte.

Las criterios para adoptar una forma diferente de actuar y de ver el mundo y la vida pueden ser atribuidos  a la edad, el sexo, el grupo étnico, o la marginalidad.
Por lo general, quienes pertenecen a una subcultura, quieren que se sepa. Por eso adoptan símbolos, lenguajes o vestuario que les distinga sin lugar a dudas. Tal es el caso de la forma de peinarse de los punks o de los floggers; o de la forma de vestir de los emos o de los góticos. En nuestro medio pueden considerarse subcultura la de las “maras”. Los distintivos externos de una subcultura son sus tatuajes, sus gestos o señas y su caliche o dialecto. Frecuentemente adopta también un tipo de música como señal adicional de identidad.
Para mejor distinguirse suelen enfrentarse al orden y a la institucionalidad de la cultura dominante, llegando a caer hasta en acciones delictivas, como es observable no sólo en nuestro medio, sino en Europa y en los Estados Unidos con los grupos neo-nazis. Por esta razón, algunos científicos sociales prefieren denominarlas “contraculturas”. Cuando la subcultura se desarrolla en una gran ciudad recibe el nombre de “tribu urbana”.
Las subculturas suelen tener sus reglas de comportamiento propio, por lo general tachado de amoral o inmoral por la cultura dominante. Pero, para quienes pertenecen a ellas, estas reglas se denominan “código moral” o “código de honor”, independientemente de que incluyan faltas, delitos y crímenes. Algunos grupos adoptan creencias y prácticas “religiosas”, que son un sincretismo de creencias varias. Algunos de estos grupos adoptan rituales satánicos. Otros los buscan en religiones que consideran exóticas, particularmente el islam, el budismo o algunas de las religiones de la India.
Para la mayoría que sigue la cultura dominante, las personas de estos grupos son, en el mejor de los casos. “incultos”. Este último término se aplica con mayor frecuencia a quienes no comprenden o no valoran las costumbres o vivencias de su sociedad, en especial aquellas que se consideran “más elevadas”, por ubicarse dentro o cerca de la filosofía, las ciencias o las bellas artes.
Dimos anteriormente nuestras razones por la que se puede hablar de una “cultura cristiana”. Desde su perspectiva, no parece buena idea establecer dentro del cristianismo una subcultura, pues o se convierte uno en disidente, adoptando normas disciplinares nada ortodoxas, o bien doctrinas no oficiales, con lo que uno puede ubicarse dentro de una corriente herética. Bastantes cismas y subdivisiones  hemos tenido ya a lo largo de la historia de la cristiandad, como para seguir fabricando algunos más.
En cuanto a la incultura religiosa, es asunto que se puede y debe remediar. Si tenemos responsabilidades pastorales, debemos ampliar nuestros servicios catequéticos para niños, jóvenes y adultos. Pero en el orden personal todos podemos hacer el esfuerzo por estudiar y pedir orientación para crecer en la fe y en una cultura auténticamente cristiana.

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