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Homilía del Domingo 14 de Mayo de 2017

Homilía del Señor Arzobispo para el V Domingo de Pascua “No pierdan la calma, crean en Dios y crean también en mí” (Jn 14, 1 – 12) Estas palabras son  dichas por Jesús en la última Cena, en el momento de su despedida. Son una invitación a la confianza. Los discípulos están nerviosos y no saben como va a acabar todo aquello. Jesús lee en sus rostros una fuerte turbación, los ve hundidos y les invita  a la confianza.


Jesús quiere invitar a los discípulos a vivir una confianza radical  en el amor de Dios, que es más fuerte que todos los poderes de este mundo que amenazan nuestra vida. Jesús invita a los suyos y a todos nosotros a no perder la calma, a superar la inquietud y a disipar los miedos que nos paralizan. El único remedio válido contra la angustia es la confianza. Jesús reclama la plena confianza de los discípulos no sólo en Dios, sino también en su persona. También cada uno de nosotros podemos preguntarnos ¿en quién tengo puesta mi confianza?
Vivimos en un mundo roto por profundas divisiones sociales y personales. En nuestras sociedades desarrolladas aumentan el estrés, la depresión, las rupturas afectivas y se diluye la falta de sentido. Vivimos una crisis de sentido… Son muchos los que viven enfrascados en  sentidos parciales de la vida. Necesitamos descubrir un sentido global a nuestra vida. Ese sentido está en la confianza en Dios que llena de sentido pleno nuestra vida humana.
Jesús añade: “En la casa de mi Padre hay muchas estancias y me voy a prepararles  sitio”, es como si les dijera: Es la casa de todos los hijos, es decir, de todos los seres humanos, hay sitio para todos. Los que no caben en la casa de este mundo, los que son expulsados de todas las casas del capital, pueden entrar gratis en la casa de la Vida de Jesús… Un día estaremos de nuevo todos juntos. Entonces, ¿qué se puede temer? Sí, cuando nos hacemos conscientes de que tenemos un lugar en la Casa del Padre, es decir, de que somos amados, es posible encontrar la verdadera calma que todos necesitamos para vivir incluso en las situaciones difíciles.
A continuación, Jesús provoca una pregunta cuando dice: “Y adonde yo voy ya saben el camino”. Pero Tomás reacciona desconcertado y pregunta a Jesús: “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podremos saber el camino?”. Tenía razón Tomás cuando decía: “No sabemos el camino”. Tampoco nosotros, a veces, sabemos el camino. Estamos también bastante desorientados, tenemos la impresión de estar en un callejón sin salida.
Actualmente hay muchos hombres y mujeres que viven sin encontrar un camino. Su vida transcurre sin dirección. Van añadiendo años a su vida, pero no saben infundir Vida a esos años.  No conocen la alegría de renovarse y de estar en camino. ¿Quién abrirá un camino de vida a tanta gente desorientada hoy? ¿Quién dará respuesta a tantos jóvenes que desean vivir de verdad y no encuentran caminos de Vida?
La respuesta de Jesús a Tomás es una afirmación insólita: “Yo soy el Camino y la Verdad y la Vida “. No se conoce, en las religiones, una afirmación tan atrevida. Jesús da respuesta a las preguntas radicales que nos hacemos. Él es la respuesta a las aspiraciones más profundas que llevamos en nuestro corazón.
Está diciendo a sus discípulos y a todos nosotros, que la única seguridad, la única solidez y  la única luz para avanzar esta en confiarnos a Él y en seguirle a Él.
Sí, en Jesús Resucitado, encontramos todas las orientaciones que el ser humano necesita para vivir plenamente. Jesús se presenta como el camino que podemos recorrer para entrar en el Misterio de un Dios Padre. Es también el que nos comunica la Vida plena que anhela nuestro corazón. Jesús es también la Verdad y la verdad es el descubrimiento de Alguien que jamás nos traiciona, de Alguien del que siempre podemos fiarnos. Hay muchos que quieren enseñarnos a vivir de una manera más intensa y más libres. Que recordemos que Él es la Vida, de que con Él podemos lograr una reconstrucción en profundidad no ilusoria, la que llena de sentido pleno nuestra vida humana.
Los discípulos no comprenden aún quién es Jesús. Lo único que quieren es ver realmente al Padre. Por eso, Felipe dice: “Muéstranos al Padre y nos basta”. La respuesta de Jesús no puede ser más convincente: “Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre”.  Jesús nos desvela el rostro del Padre: Jesús es el rostro del amor y de la ternura del Padre vuelto hacia nosotros. La vida de Jesús: su bondad, su misericordia, su libertad, su perdón, su amor a los más necesitados, hacen visible al Padre. Su vida nos revela que en lo más hondo de la realidad hay un misterio último de bondad y de amor. No es la nada la última realidad, es el Misterio de un amor que sostiene nuestra vida. A ese Misterio, Jesús lo llama Padre.
Hoy, dirigiendo nuestra mirada a Jesús Resucitado, podemos decirle: “Señor, con frecuencia, andamos inquietos por nuestras preocupaciones personales y por todo el mal que hay en el mundo, concédenos recuperar la calma interior que viene de Ti, de tu Presencia en lo íntimo de nuestro corazón.  Tú eres el camino que nos orienta, la verdad que nos hace libres y la vida que nos llena de alegría.

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