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Hace 100 años

Hace 100 años P. Juan Ángel López Padilla El día de ayer, para los que leen este semanario el mero domingo, se conmemoraron los 100 años de las apariciones de la Virgen, en un pueblito llamado Fátima, a dos santitos, Joaquín y Jacinta, que han sido canonizados ayer, y a una Sierva de Dios, que va camino a los altares, Lucía.


A penas tenían 6, 9 y 10 años, respectivamente. Eran unas criaturas sencillas, completamente iletradas, que de geografía no sabían nada y que a lo único que se dedicaban era a cuidar ovejas.
En la Portugal de aquellos años, el pensamiento liberal que había anidado ahí desde tiempos del Marqués de Pombal, a finales del s. XVIII, seguía haciendo estragos. La Iglesia era una institución enfrentada por todos lados con unas fuerzas dedicadas a destruirla, que no han segado en su empeño, hasta el día de hoy.
En ese ambiente, tan complejo, la Virgen decidió aparecerse para llamar a la conversión a Dios, por medio de aquellos niños, a una humanidad que estaba sumida en la Gran Guerra europea que concluiría un año después, pero que dejaría unas secuelas horribles y sembrada la semilla de un odio que, pasado por los nacionalismos exacerbados y las ideologías de moda, conduciría a sumir al mundo entero en una serie de guerras, que lamentablemente no han cesado, porque, todas las guerras que han quedado aún, son el producto de desavenencias por el residuo de países creados sin sentido de nación, sin respetar las diferencias étnicas, ni valorar el sentido de convivencia de los pueblos.
La Virgen pidió a aquellos pastorcitos que se orase por la conversión de Rusia, que ese año pasaría, después de fusilada la familia Romanov, a ser la base de la futura Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, que durante poco más de 70 años, fue el motor de una serie de revoluciones y contra revoluciones que llevarían a la muerte, a millones de personas, en el mundo entero.
Los pobres pastorcitos, ni idean tenían de qué era Rusia. Pensaban, en su inocencia pasmosa, que se trataba de “una mujer de mala vida”, por la que había que pedir mucho.
Cien años han pasado y la actualidad del mensaje de la Virgen, no ha cesado. Aunque, aparentemente Rusia, se convirtió con la caída del bloque comunista, la verdad es que la conversión en la humanidad, en nosotros, en mí, está lejana aún.
La semana pasada, cuando concluía esta columna recordé el mensaje de la Virgen de orar, orar mucho. Toda esta semana me ha estado cruzando por la mente al menos una de las oraciones que la Hermosa Mujer vestida de blanco, como ella ninguna de hermosa, claro, enseñó a los pastorcitos de Fátima: “Dios mío yo creo, yo espero, yo te adoro y te amo y te pido perdón por aquellos que no creen, no esperan, no te adoran y no te aman”.
Debemos repetirla y hacerla realidad porque ahí queda más que plasmado lo que como creaturas estamos llamados a ser y a hacer: cultivar las virtudes de la fe, la esperanza y la caridad.
Todo eso teniendo a Dios, en el centro de todo, absolutamente todo, es adorar.
Quiera Dios que nuestras oraciones estén centradas en eso. Cien años después, debemos orar, más que nunca.

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