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El buen pastor y nosotros

El buen pastor y nosotros Jóse Nelsón Durón V. Cuando hablamos del mundo nos sentimos aislados; ellos, el mundo, son los otros; una incomodidad incierta, hacia el interior o, más probablemente, hacia los demás, carcome, cuando nos aislamos y a dentelladas tremendas, nuestra paz.

Aunque probablemente fingido, el desarraigo protestante, voluntario y constante que difunde posiciones y actitudes repetidas con extraña fruición, finalmente sólo consigue decepcionar y crear una percepción que ni siquiera conviene al separado. Creamos un cielo lleno de estrellas fugaces intentando deslumbrar, enceguecer, engañar o confundir; todo un espectro propicio para el griterío generalizado que sustituye al sentido común. Para participar y comentar con la libertad de los hijos de Dios, con sinceridad y con sabiduría, es necesario despojarse de intereses que calan muy hondo… hay muchas íes sin punto y las hay que tienen demasiados. Las anheladas utopías que son creadas por machacamiento egoísta en el corazón de las personas, especialmente de los más pobres e ingenuos, son las más fáciles de utilizar en favor de intereses ajenos, pero quienes las pretenden dirigir muy pronto botan sus caretas. Al papel de director se debe aspirar desnudo, despojado de egoísmos. Recordemos que la palabra más fácil de pronunciar es “yo” y la más difícil es el “yo no” posterior.
Debemos recordar que el “día de Pentecostés, se presentó Pedro junto con los Once ante la multitud y levantando la voz, dijo: Sepan todos “con absoluta certeza, que Dios ha constituido Señor y Mesías al mismo Jesús, a quien ustedes han crucificado”. Un pueblo crucificado en hambre, injusticia, pobreza, miedo, angustia e ignorancia. El dedo acusador de san Pedro, con la energía del Espíritu Santo, hizo vibrar culpablemente los corazones presentes. Debemos conseguir ese dedo. Todos esos que se rasgan vestiduras hoy, han sido nulos, sordos y ciegos ayer: el atraso y las carencias son acumulativas, no responden a la regla de tres o a un silogismo con premisas falsas; el hambre, sed, injusticia e incultura de tantos ha servido para pavimentar los suelos que muchos hoy pisan en mansiones y para abrillantar sus lujosos vehículos. ¿Qué deben hacer? Retírense y defiéndanse como puedan ante Dios o en el juicio de la historia y eviten continuar con tal vida de mentiras.
Eso de ser auténtico es tan difícil como afirmar ser cristiano amando a un Cristo Jesús incompleto, hecho a la medida, conformado a imagen y semejanza nuestra. Un Señor convertido en esclavo de nuestras propias pasiones y egoísmos; un Señor usado para reprimir pasiones; que por fuerza debe pagarnos algo, mantenernos, o cumplirnos, como si algo mereciésemos… como si el Templo hubiese sido construido para nosotros. La corrupción del ser humano es materia latente en el alma y la más intensa lucha contra ella debe librarse en el alma propia; es necesario recordar las palabras de un santo inglés: “Los que luchan por la libertad se convierten después en los mayores opresores”. Es fácil hacer las debidas deducciones. Un funcionario de los Navy Seals de la marina estadounidense afirmó recientemente con motivo de la publicación de un libro por parte de un miembro retirado que violó el pacto de secretividad: “No ignoramos intencionadamente o egoístamente nuestros valores centrales a cambio de notoriedad pública o ganancia financiera”. Sonora cachetada.
Hoy, que celebramos al Señor Jesús como el Buen Pastor, es preciso recordar aquellas palabras de san Pedro: “Pónganse a salvo de este mundo corrompido” que resuenan en toda la creación, desde los cuerpos espaciales que parecen infinitos, hasta las partículas más pequeñas y en el sagrario más secreto de la conciencia humana, donde Dios aguarda nuestra respuesta. El Señor Jesús es la puerta del redil y se revela como el Buen Pastor que abre la puerta y conduce Sus ovejas que reconocen Su voz. Ellas no conocen a los extraños, disfrazados, aprovechados; a los que repiten e inventan mentiras para desosegar y sacar provecho; no entran por la puerta y saltan del timbo al tambo pues se les terminan los chances para tramar alianzas y destruir la escasa serenidad existente. Por eso añade: “Les aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes que yo, son ladrones y bandidos; pero mis ovejas no los han escuchado. Yo soy la puerta; quien entre por mí se salvará, podrá entrar y salir y encontrará pastos. El ladrón sólo viene a robar, a matar y a destruir. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”.
Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús

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