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Sin consenso

Sin consenso P. Juan Ángel López Padilla Estamos claros que una sociedad que no es capaz de dialogar, de buscar y encontrar consensos, es de por sí, una sociedad fallida. El Congreso Nacional o el Parlamento, en los países con sistema democrático, es el espacio donde normalmente, deberían encontrarse consensos que beneficiasen a las mayorías.


El problema, que es mayúsculo, se da cuando las instituciones democráticas no están regidas por la ética. Cuando lo que conduce las decisiones de cualquiera de los estamentos que gobiernan un Estado, son intereses mezquinos y abyectos, lo único que se produce es un profundo descontento, frustración y aumenta la división.
En Honduras, históricamente, hemos carecido de instituciones fuertes, porque la sospecha de corrupción pende sobre todas ellas. Además, porque esta corrupción, lógicamente, tiene detrás unos corruptores que responden a intereses que, no persiguen la búsqueda del bien común.
Nuestras sociedades están muy acostumbradas a ver manipuleos, a ver como todo se politiza y como, hasta temas que deberían ser tratados sin hacerlos caer en el mar de la división, del partidismo a ultranza, terminan siendo utilizados para generar una simpatía o una antipatía, que no debería existir.
Hay un término, que en particular golpea la sensibilidad de aquellos que aspiramos a una sociedad justa y regida por los valores que propugnaron los fundadores de las repúblicas modernas: costo político.
Si la libertad, es el pilar sobre el cual se quiere construir la sociedad, el bendito término de “costo político” debería desaparecer, cuando se construye sobre la verdad y no sobre lo relativo de lo que engrosa, una billetera.
Si la igualdad, es otro pilar sobre el que se quiere cimentar una sociedad, esto implicaría que no se pretende imponer criterios, cuando estos atentan a la dignidad de cada persona. Se hace un flaco servicio a la igualdad cuando se quieren uniformar criterios y sobre todo cuando se esgrime a base de debilitar las particulares distinciones que existen a nivel de la feminidad o la masculinidad, o de las diversas culturas y tradiciones. Cuando nos dicen que para parecernos a otras sociedades, debemos renunciar a  valores que nos hacen ser propiamente humanos, el costo político, sale sobrando, porque renuncias impuestas y que nos degradan, no las necesitamos.
Si la fraternidad, fuera el motor que impulsase las discusiones y las resoluciones de los poderes del Estado, no estaríamos una vez más teniendo que perder el tiempo, distraídos y polarizados por un tema como el aborto. Si tengo espíritu democrático, el otro no es mi enemigo, sino mi hermano. Si tengo espíritu democrático, el otro, sobre todo el más débil e indefenso, como el no nacido, es mi responsabilidad. Si tengo espíritu fraterno, busco evitar todo aquello que daña a los miembros de mi comunidad y les procuro el mayor bien posible.
Duele mucho, ver cómo desde la complejidad de los sentimientos que producen temas tan controversiales, se nos quiera hacer creer que, igualmente, la moral, en estos casos, es compleja, cuando no lo es. Quitar la vida, siempre será un mal. Apelar a otro crimen cometido previamente, como una violación, de la cual, digámoslo claramente, nunca es responsable la mujer que la sufre, es un crimen aún mayor, porque las consecuencias no están sólo en lo físico, sino en lo espiritual. La moral de “un clavo saca otro clavo”, deja agujeros en el alma que no sanan sin Dios.

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