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Resurrección

Resurrección Luz Ernestina Mejía Abogada Esta es la verdadera fiesta:  la Pascua Florida en que finaliza la Semana Santa y en la que somos motivados a elegir la esperanza de una nueva vida, la cual es posible por medio de la conversión que es fe practicante.

La gran fiesta a la que somos especiales invitados para gozosos transitar por la celebración de la Resurrección del amadísimo Hijo de Dios. Es el cimiento del cristianismo, este en el que Jesús se nos ofrece en cuerpo y sangre, para levantarnos y ascender con Él. Es la solemnidad más importante de los cristianos. La que nos llama a sacudirnos la indiferencia. Porque hemos sido rescatados de cadenas y cegueras para ser libres, si lo queremos. Para que Dios Hijo, viva en nosotros y camine a nuestro lado. Si lo dejamos. Entonces todo adquiere sentido, lo bueno y lo malo, si confiamos en Él, en su Palabra. Palabra de vida. La que se cumplió. Se cumple siempre. En su salir de entre los muertos. En sacarnos de cementerios en los que en andar insistimos. Es la palabra que se cumple cada día en nuestras vidas, si la asumimos, si la entendemos nuestra. Todos los actos litúrgicos de la Semana Mayor pudieron vivirse, a veces sin conciencia plena del significado para nuestra alma y para las de todos los seres humanos. De que el mundo sería mejor, si fuera extendida la doctrina del amor. Es la endémica lucha del ser humano consigo mismo, la que busca y encuentra en Jesucristo, el sentido de su existencia. Y el triunfo anhelado. Desde la Vigilia con la que culmino el Triduo Pascual, la alegría y la iluminación, tendrían que reflejarse en el comportamiento cristiano: porque es en el poder de Dios de transformar vidas, en el que nos realizamos. Si tan solo en vez de impedirlo, lo clamáramos, podríamos ser sus instrumentos en la transformación de vidas, las nuestras y las de otros. El Cirio Pascual y el agua, son luz y limpieza, símbolos del Cristo Resucitado, de su triunfo de la vida sobre la muerte, la del Cristo Triunfante. Es como andamos el tiempo pascual a finalizar en el día de Pentecostés. Otro tiempo, este de 50 días en el que los cristianos con expectación nos regocijamos ante la venida del Espíritu Santo y ante el potencial favor de sus dones. A nuestro alcance, todos los días, si los pedimos. Los dones que estamos urgidos a “poner al servicio de los demás” para testimoniar el cristianismo y ser agentes para la superación primero en nuestro agobiado país y después, lo que pareciera diluirse entre los dedos, lejos de Él. Entre los dedos fuertes de los que mandan. Por nuestra culpa, bajo nuestra responsabilidad, al desatender nosotros el llamado a ser sal y luz el mundo. Del mundo en el que la justicia y la igualdad de oportunidades deben dejar de ser una utopía eterna para las mayorías. Capas completas excluidas, aún integradas por hijos del mismo Dios. La Resurrección que celebramos, debe trascender el tiempo pascual, a todos los días del año.  La alegría y la liberación de nuestras vidas debe ser permanente. Como permanente y sin condiciones es el amor de Dios y de María Santísima, para cada uno de nosotros. Es solo de comprenderlo  y de actuar en consonancia.

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