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Falacias

Falacias Diac. Carlos  E. Echeverría Coto carloseduardiacono@gmail.com Fue en una clase de Lógica cuando escuché por primera vez la palabra “falacia”; debo confesar que se me antojó elegante y sonora, por lo que me propuse usarla con frecuencia. Esto no pasó de ser una tontería juvenil.

Pero durante una época de mi vida estudiantil me di a la tarea de descubrir falacias donde las hubiera. Se trataba, por supuesto, de una empresa abrumadora,  pues su número era inmenso y, poco tiempo después, había abandonado ese absurdo. Mi curiosidad juvenil ha vuelto a renacer últimamente, ante la tranquila impunidad con que se manejan hoy en día los argumentos más falaces. Creo que esto ha venido creciendo, desde los inicios del postmodernismo, en los últimos años del siglo pasado.
Recordemos, muy rápidamente, que la óptica postmoderna facilita el argumento falaz, al defender al yo como criterio último y medida de todas las cosas, al preferir lo relativo a lo absoluto, lo provisional a lo estable y al cuestionar la misma capacidad racional humana.
La Real Academia de la Lengua ofrece para la palabra falacia dos acepciones: “1. f. Engaño, fraude o mentira con que se intenta dañar a alguien. 2. f. Hábito de emplear falsedades en daño ajeno”. Sin perjuicio del enorme respeto que le tengo a esta benemérita institución y a su diccionario, noto que se enfatiza acá el perjuicio moral (daño) y no la debilidad formal en la argumentación.  Prefiero hablar del carácter verosímil que debe tener una “buena” falacia. Se trata, en efecto, de un razonamiento falso, pero con apariencia de verdad y hasta de rigor, por lo que muchos no se percatan de su naturaleza esencialmente errónea.
Son muchos los campos –por no decir que todos- donde se utiliza con profusión la argumentación falaz. Baste ilustrar el asunto en cuatro ámbitos: la propaganda comercial, la política, la moral y el saber con pretensiones científicas.
Cierta propaganda comercial insiste, por ejemplo, en el ahorro que se daría si comprásemos un producto, lo que no deja de ser atractivo, y presiona al consumidor a adquirir lo que no necesita, o lo que necesita menos, o no en esa cantidad o en ese momento. También se le dan a las mercancías cualidades humanas, y se nos trata de vender productos inanimados con carácter, con personalidad o con actitud.
En la política encontramos desde los vendedores de ilusiones, pasando por los nuevos mesianismos, hasta llegar al bombardeo insistente para hacernos tragar que lo ilegal es legal o que las cifras deben leerse de modo tal que saquemos a flote realidades que no están ahí.
En materia moral se recurre al criterio propio como razón suficiente, por lo que se disfraza de virtud lo que es mediocre, y de derecho personal lo que atenta contra el bien común.
El saber con pretensiones científicas –o al menos con vocabulario académico- quiere demostrar lo indemostrables. Ejemplo de esto son “el aborto terapéutico”, o “mejora en los índice de aprobación con promoción automática”. Y por razones de respeto a la afición no citaré falacias que se refieren a nuestra querida y maltrecha selección.
Amigo, no es necesario que usted empiece a estudiar lógica. Escuche sólo un consejo del Señor Jesús: “Sea vuestro hablar: Sí, sí; no, no; porque lo que es más de esto, de mal procede” (Mt 5, 37). Y una afirmación: “La verdad os hará libres” (Jn 8, 31).

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