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En “una aldea llamada Emaús”

Al encuentro de  la palabra... según San Lucas para la Lectio Divina En “una aldea llamada Emaús” (Lc 24,13-35 – III Domingo de Pascua) P. Tony Salinas Avery asalinasavery@fundacioncatolica.org El tercero de los siete domingos de Pascua tiene una de las más extraordinarias páginas del Evangelio de Lucas, la de Emaús, que es la gran catequesis post-pascual para quienes se preguntan: ¿Verdaderamente ha resucitado Jesús?


La trama de este Cristo resucitado la extiende Lucas sobre una escena en cuatro actos. La primera la encontramos en los versículos del 13 al 18, que refiere a dos discípulos que van “en camino, discutiendo entre ellos, con el rostro triste”. Uno de ellos se llama Cleofás y el otro un desconocido. Ante el desconsuelo de lo que ha acontecido días atrás en Jerusalén, sólo resta eso, hablar de lo que ha pasado en términos de conformidad y resignación. Pero aparece un tercer caminante que se une a ellos y que no se sabe quién es.
La segunda escena la encontramos en los versículos del 19 al 24. De desarrolla el drama, porque ellos le advierten al peregrino que les acompaña por el camino, cómo ellos habían puesto su esperanza en Jesús de Nazaret, “un hombre poderoso en palabra y obras”, pero que al final todo ha sido un fracaso, “nuestros sacerdotes y nuestros jefes lo crucificaron”, visiones de mujeres dicen que ángeles han visto… pero todo se queda aquí.
Preparada la escena para lo que viene, entramos al tercer acto, en los versículos 25-27, el acompañante abre su boca de nuevo y comienza a explicar todo lo que concernía a ese Mesías crucificado, desde la misma Escritura: “comenzando por la Ley y siguiendo por los profetas”, les fue explicando todo. Se trató cómo el de ir abriéndoles los ojos del corazón para comprender las Escrituras, en relación a ese Jesús que ya según ellos yace en las redes de la muerte.
Y, la meta espacial ha llegado, Emaús. Pero con el cuarto acto en los versículos 28 al 35, se llega también a la meta espiritual. Los gestos de esa cena, ya que lo han invitado a quedarse porque la tarde ha caído, en esa modesta casa de Palestina, son sustituidos por Lucas, casi en disolución, por los gestos de otra cena, la de la última noche de Cristo: “Tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio”. Ante el pan eucarístico fraccionado “sus ojos se abrieron y lo reconocieron”. La chispa de fuego que ardía en sus corazones mientras les hablaba por el camino, se convirtió ahora en un incendio que devoraba. Al reconocerlo en la fracción del pan, llegaron al convencimiento que da la fe… Ya sabemos que en la Biblia el verbo “reconocer” es el verbo de la fe.
Así pues, al iniciar la tercera semana de Pascua, la comunidad de hoy como la de ayer, debe leer e interpretar, a través, de tan maravillosa narración, la catequesis fundamental que señala, dónde está el que en verdad ha resucitado. Lucas lo afirma con las dos frases: “Empezando por Moisés y los profetas les explicó todo lo que se refería a Él en todas las Escrituras” (v.27) y “Tomó el pan, lo partió y se lo dio” (v. 30). En verdad, son los dos momentos de la Eucaristía: la liturgia de la Palabra y la liturgia eucarística. Está pues la Palabra y el pan de Jesús. Con la experiencia de Cleofás y la del otro discípulo, está también nuestra personal experiencia pascual: Cristo resucitado se hace presente en cada fracción del Pan que se acompaña con la proclamación de su Palabra. Es decir: en la Eucaristía.

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